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martes, 20 de noviembre de 2012

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Venga le digo

Rene Sanchez - 22:38
VENGA LE DIGO

“Venga le digo”[1] es una novela corta del escritor huilense Benhur Sánchez Suárez. La historia contada se desarrolla en 53 páginas y está distribuida en once capítulos. Fue editada por la Editorial La Oveja Negra en 1985 (segunda edición), en la colección Biblioteca de Literatura colombiana. Volumen 71. Hay una primera edición (1981) a cargo de la Editorial Pijao. Para el presente ejercicio académico[2] se toma como soporte la segunda edición.
Inicialmente se ubica la novela, de acuerdo a consideraciones que más adelante expongo, en el panorama de la literatura colombiana. Ha sido un comentario generalizado en los círculos literarios y críticos del país que la novelística de Benhur Sánchez se inscribe en el campo de la “Novela de la violencia”, afirmación, por demás gruesa y fuerte, que abre las puertas a la crítica para pensarla (la literatura de la violencia) como género literario característico de la literatura colombiana. Pareciera que esto es evidente en “Venga le digo”, por dos razones un tanto simples: una, por los temas tratados ficcionalmente por Benhur (la guerra de los mil días, la vida lugareña en tiempos de violencia, la guerra del caucho, entre otros), y, el otro, por la época donde se inscriben los relatos desarrollados por este escritor huilense (1950-1980, años de la llamada segunda violencia).

No quiero polemizar con esta manera de ver el tema de la violencia en la literatura. En el escrito que presento me aparto de esta consideración, pues, en mi concepto, esta división del campo literario es tratada de manera mecánica, por no decir ligera, por parte de los historiadores de la Literatura colombiana; pienso que la referencia a la violencia (en términos temáticos) no siempre es literatura de violencia. La violencia en la literatura es un medio a través del cual se plantean otros problemas sociales que muestran realidades poco exploradas por la literatura científica. En otras palabras, es la manera como la literatura, este es su valor histórico, visualiza los ocultos que la ciencia social obvia por no obedecer a leyes que explican. Este es el lugar de la literatura. No es una escritura que demuestra, ni proceso argumentativo que explica. Es una escritura que crea mundos imaginarios, aunque no falsos, para mostrar realidades, las cuales prefiguran las formas de las realidades internas y externas al sujeto.  Por ello, hacer divisiones para explicar, es del correaje de la academia, más no un imperativo del campo, pues toda división para éste es una mecánica externa que castra su propio desarrollo creativo.

 Voy a darme la licencia de utilizar el recurso de la clasificación, no para hablar de ella, sino para liar las ideas que provocó en mí la lectura de de la novela de Benhur. En mi concepto (lo hago a manera de tema de discusión), la literatura de Benhur Sánchez Suárez es literatura de lo interior. Así como suena (no confundir con el sicologismo literario). Interior aquí no es la dimensión del espacio de lo privado en oposición a lo público, o un estado de ausencia de lo externo por ser pecaminoso para el espíritu, como reza en la tradición judeocristiana. Es el espacio de lo íntimo en una relación distinta: lo de adentro (espiritual o físico), entendido como la articulación de lo privado con lo público transformado en espacio subjetivo (individual o colectivo), en lucha por secularizarse como verdad a través de historias olvidadas que viven en los protagonistas de sus novelas, puestas en el anonimato por obra y gracia de un espacio público privatizado mediante historias oficiales. Esta angustia se palpa con nitidez en la novela. Por esta razón el ocultamiento, la maraña que no deja ver lo que está dentro de la subjetividad colectiva, se vuelve imperativo de ruptura, de traducción para tener completa la escena y la tras escena. No la máscara de la representación. La palabra escrita es, entonces, el vehículo para romper este silencio cómplice. “En todo caso la verdad queda oculta y todo se convierte en una gran mentira…” (pág. 25), dice el protagonista de Venga le digo con convicción. “En todo caso” es el ejemplo nítido de la angustia, el imposible que es preciso demoler. Es este centro, que yo llamo interior, donde se ubica la novela de Benhur Sánchez Suárez.

Ahora bien, con la lectura de la novela el lector constata  que Benhur utiliza algunos recursos descriptivos que dan cuerpo a la idea formulada anteriormente como Literatura de lo interior. La ruptura, la soledad, la manera cruda como nos hace ver desde dentro de los protagonistas la visión de mundo que define a su comarca de origen como un universal localizado, es el recurso literario mediante el cual lo interior se vuelve espacio. Así, el valle de laboyos, entendido como una ecuación de relaciones sociales múltiples donde se imbrican lo viejo con lo nuevo a través de recorridos de la memoria, es su laboratorio, es su geografía social, donde se amarra el psiquismo de su literatura. Dice el protagonista de la novela (Arsenio Rojas): “Esta es mi patria, ya lo ve usted, mi patria chica, el mismo pueblo que fundaran mis antepasados y de cuyo orgullo sólo me ha quedado la cárcel y la espalda desnuda, dispuesta a soportar cuantas veces quieran el sol en la sequía y el agua en las épocas de lluvia, pero siempre que sea en beneficio de los necesitados y nunca a favor de quienes explotan campesinos aprovechando su ignorancia” (pág. 19). La cárcel y la espalda son los territorios que objetivan lo interior de la novela. Espacios físicos los dos que guardan subjetividades a través de las cuales se ligan territorios individualizados que tienen significados que implican simultáneamente lo interno con lo externo, diluyendo sus fronteras para autocontenerse como espacio de conflicto.

De otro lado, cuando hago mención a la “ruptura” me refiero a la tensión entre la autoconciencia y la conciencia colectiva, lo subjetivo individual frente a lo subjetivo colectivo; esto se hace evidente en el título: “Venga le digo”. Esa necesidad de comunicar, ese imperativo que, traducido al lenguaje popular que se respira en la trama narrativa de la novela, sería “o desembucho lo que tengo a dentro o me estallo”. No siempre guardar es bueno, que es lo contrario al espíritu burgués, identificado por el individualismo acumulador y la arrogancia del tener. Entonces, la ruptura es resistencia; en la novela se ejemplifica con el desembuche de Arsenio, que es el acto ritual de contar la verdad. Entonces, la verdad es la explicación que se fragua dentro del sujeto en su constante relación con el mundo, que dicha, puesta en el espacio donde circulan las palabras, se vuelve fuerza social pues en su accionar produce miedos y temores en las “conciencias débiles”. De ahí deviene el otro concepto: la soledad. No es el aislamiento, es la necesidad social de callar, pues las verdades han sido impuestas. La única expresión de la verdad que permanece oculta, es el “muro”, el cual se rompe, de un lado, con la palabra escrita por los detenidos, y con la lectura de los grafitis, acción que establece un círculo cerrado de historias no contadas, que en su conjunto es una narrativa del desahogo. Y esa crudeza de las palabras en el muro, por lo que simbolizan, y por su textura misma, es el valor literario de la narración de “Venga le digo”. “[La cárcel] se conforma de muros repletos de leyendas, que aquí estuvo el caricortado, que la suya, y en los baños fétidos letreros como el que dice: en este lugar sagrado/donde concurre la gente/hace fuerza el más cobarde/y se caga el más valiente; ja ja ja ja ja, perdone señor investigador, no es que yo quiera ser grosero, es que así es esta mansión. Pero al menos sabemos leer y escribir, qué carajo” (pág. 45).

Hechas estas consideraciones, en lo que sigue voy hacer algunas notas sin que ello implique afirmaciones o definiciones. Tan solo es un boceto.

 “Venga le digo” es una novela que toma como dato[3] la violencia en Pitalito, inscrita en la Violencia[4], para abordar otras temáticas subsumidas en la propia narración, que de manera un tanto gruesa considero a continuación. Veamos: el título describe, o bien una invitación para contar, para sacar a fuera una situación particular, la de Arsenio Rojas (campesino, artesano y sastre que por su lucha en favor de los desvalidos es encarcelado y acusado de un delito que no cometió), con el fin de establecer un acercamiento con el lector para darle cuerpo a una historia fundacional, puesta en el olvido por otros fundadores, argumento  parecido al falseamiento poperiano, propio de la metodología científica de las ciencias sociales; es por el contrario, la postura intersubjetiva que posibilita el diálogo, lejano para unos, cercano para otros; o para expresar de conjunto la soledad del protagonista, cuyo mundo es leído en los grafitis que escriben los detenidos en las paredes de los baños y los muros que divide el mundo de afuera del mundo de a dentro; dicho acontecimiento intrasubjetivo se evidencia en la ruptura del silencio a través de la pregunta externa, que en la novela se describe como el interrogatorio.

Son dos momentos hipotéticos, bien trabajados por Benhur: yo converso con usted, o yo me interrogo para expresar algo que me sobra dentro. Lo primero se inscribe en una óptica donde se relaciona un evento social (la detención de Arsenio) con la interioridad del detenido, es decir, de cómo lo social externo influye sobre la subjetividad del protagonista, postura ideológica donde lo real determina lo subjetivo, lo objetivo define la conciencia. En tanto la segunda mirada es la cara opuesta: cómo el espacio subjetivo de Arsenio Rojas, construido como un espacio de sentido, como una manera de estar en el mundo, define la situación social descrita como un mundo de signos interiores que significan para los espacios abiertos donde se escenifican las relaciones sociales, el mundo de lo fenoménico según Husserl. “Pero pronto llegué al convencimiento de que luchar por una causa justa era más que un motivo de vivir, a esa idea me aferré con convicción y deseos de lucha”, le dice Arsenio al investigador. Esta o aquella están cruzadas por el relato tanto del origen del pueblo como de la familia Rojas, en una articulación genealógica. Bajo este horizonte la violencia es tan solo un hecho marginal, un dato para construir mundos con la palabra, que es una de las virtudes de la novela de Sánchez Suárez.

“Pero no me lamento, no señor, siempre queda la satisfacción, usted comprende, esa llamita que lo hace seguir viviendo a uno, aferrado a cosas que no se ven, aferrado a cosas que muchos no comprenden” (Pág. 11)[5]. Esta idea, inserta en la primera página de la novela, se vuelve un concepto que orienta toda la narración. Este contiene dos ideas fuerza: uno es la “llamita”, y, la otra, “las cosas que no se ven”. Miremos con cuidado esta articulación. La primera, puede ser el espíritu religioso que acompaña al sacrificio y que está presente en el relato contado por Arsenio Rojas. El hecho sacrificial está en la figura del encarcelamiento, el cual ha quedado suspendido en el olvido, eso que en cierto sentido, es lo que no se ve: “solo soy un preso desde hace no recuerdo cuantos años” (pág. 12), dice Arsenio Rojas al otro que lo interroga en la cárcel. Ese otro, que puede ser el narrador, si se mira en una relación de exterioridad, es, igualmente, la voz de la conciencia que se hace evidente en los juicios de realidad que el sujeto realiza en el marco de los acontecimientos, si la mirada se centra en la interioridad del narrador: “Pero no me lamento, no señor, siempre queda la satisfacción”. En esta dialógica, lamento y satisfacción son los dos polos que enmarcan el espacio sacrificial (lo intersubjetivo), que denotan la inmensidad del dolor (lo objetivo), que es, desde el otro ángulo, la dimensión de lo real, o en otros términos es la realidad del acontecimiento narrado. El dolor crea la satisfacción articulando en su lógica placer y muerte, que es la razón que explica el no arrepentimiento. Es el suceso mismo, es el centro del hecho histórico narrado en la novela. Es en términos empíricos la realidad, lo fáctico, que en la novela, paradójicamente, es “lo que no se ve”, lo que está en el intersticio de la relación sujeto-sociedad, y, que es, a mi modo de ver, una de las aristas de la realidad social colombiana, que Benhur aborda con éxito, en la novela.

“Juan [el hijo menor de Arsenio Rojas] fue alumno de Teófilo cuando estuvo en la Normal. Le dio explicaciones sobre la poesía. Lo poquito que el viejo podía saber se lo fue entregando sin egoísmos, como quien dice, le mantuvo la llamita ardiendo”  (pág. 32). La “llamita”, en este caso, significa creación, la poiesis de los griegos. El oikos, el hogar, la fuerza que congrega. Y, si el fuego es creación, principio vital, como se evidencia en el mito griego de Prometeo, la llamita es una invitación a la rebeldía, es el espacio de lo nuevo. Y Arsenio es eso, un rebelde encadenado. Por ello, no es casual, que con la palabra se puedan armar estructuras, creaciones de mundos que se instalan, al decir de Castoriadis, en la psiquis de lo social, o en términos del sentido común, expresado a través de Arsenio, es lo que no se ve, lo oculto, esa sabiduría popular que sin poder decirlo con las categorías de la ciencia, lo expresan en tanto sentimiento, en tanto dimensión de lo subjetivo, de adentro hacia afuera a través del instrumento de la palabra que describe interioridades, “como debe ser”. Entonces la violencia, no es una estadística, unos datos de muertos que se acumulan para dibujar la barbarie humana. Esas imágenes de la prensa que crean temores, miedos, que al interiorizarse como sentimiento colectivo vuelve maleable a la masa, al pueblo, al vulgo, por tanto presa de designios externos que obedecen a intereses particulares de las élites. 

La violencia, en la novela, se vuelve pregunta, por tanto, interioridad. Algo que confronta lo interior con lo exterior. Un interior violentado por una realidad exterior imaginada, volcada como un peso que oprime, que desfigura, que moldea con cincel. “Bueno. Claro que uno ya no recuerda los muertos, qué carajo,  sobre todo cuando los cadáveres nunca llegaron a encontrarse. Pero murió gente en cantidades, eso no tiene por qué negarse, uno es el producto de no se sabe qué masacre” (pág. 18). Es decir, en la génesis del laboyano hay una violación, oculta por ser zona de frontera, el margen que alimentó el mestizaje, donde se acuñó el “todo vale”, que nos acompaña hasta el presente. La violencia, en la novela de Sánchez Suárez, se expresa como un dolor que se lleva dentro, provocada por una genealogía violentada, forzada en los procesos fundacionales de las poblaciones, que es una característica de los pueblos en todo el territorio nacional. “Las familias de después no fueron las mismas. Las de ahora sí que menos. Eso dizque debe sucederle a todo pueblo: familias nuevas que llegan para alargar las calles y cambiar luego la forma de pensar de los primeros” (pág. 15)…” Aculturación, desarrollo, modernidad, en fin, un sancocho de conceptos para moldear nuevos tiempos, que no sé si son nuevos o son por el contrario, viejos intereses con la máscara de lo nuevo. Ese presentar la misma cosa de otra manera.” Y lo más duro de todo es que se han apoderado de la tierra y la explotan” (pág. 18)…El problema de la tierra ha sido sempiterno en la historia de Colombia. No ha podido ser resuelto, ni con el pacto de Ralito donde la derecha colombiana refundó la república. La novela de Benhur, en este aspecto, es el relato de la angustia campesina. “Aguadulce al norte, Calamó, Chillurco ja ja ja ja… en realidad son palabras que suenan como raras en este idioma que aprendimos a la fuerza” (Pág. 18). La novela, igualmente, pone el acento en el desagarre cultural que ha pasado por descubrimientos, colonizaciones y globalizaciones, sin  que lo ancestral, en ese movimiento, haya sido tenido en cuenta, cuando es sabido que esta expresión de la cultura se ha matizado en dicho movimiento.

“Tengo miedo. Tengo la espalda desnuda porque a esos desgraciados guardianes les dio por quitarme la camisa y ponerme al sol y al agua dizque para que no ande contándoles verdades al que viene y sobre todo, a los demás presos” (pág. 17). Es un miedo a la palabra pues ésta de manera articulada es la verdad que sale de dentro del sujeto como discurso, pero que ha entrado por los ojos del mismo como asombro. Y es allí donde el novelista se instala. Vale decir, en la palabra dicha sin pasar por la criba de la metodología científica con la cual se muestra a la vida como un bagazo sin el sudor, ni la sabia circulando  como principio vital para hacer vivificante la promesa. En este contexto es clara, entonces, la pregunta que Arsenio le lanza a su contertulio: “¿No cree que me estoy desnudando, en otra forma, ante sus ojos? ¿Si ve cómo voy aclarándole la historia?” (pág. 19). El miedo, entonces, no es del que habla, cuenta, narra, es del carcelero pues las palabras destruyen los panópticos, los encierros, que se establecieron en la sociedad humana para domesticar los cuerpos, las mentes, las miradas.


[1] Sánchez Suárez, Benhur (1985). Venga le digo. Bogotá, Editorial La Oveja Negra, Biblioteca de Literatura colombina, Volumen 71.
[2] El documento no es una reseña, ni un estudio literario de Venga le digo, no es un ejercicio de crítica literaria, ni mucho menos un trabajo de sociología literaria, es una aproximación un tanto libre a esta novela de Benhur Sánchez, para tratar de encontrar en ella ciertas pistas para pensar el drama de la violencia colombiana como algo que se reelabora como un estar en el mundo, mirado desde dentro de los protagonistas del relato novelado en Venga le digo, por este escritor laboyano.
[3] Este concepto marca la diferencia. Dato debe entenderse literalmente como cifra. La literatura lo toma para triturarlo mediante la ficción para crear mundos reales. Bajo este presupuesto el dato no es la realidad, solo es parte de ella. Con ellos la literatura hace su alquimia.
[4] La utilización de la violencia en minúscula y en mayúscula es para indicar tensiones que tuvieron expresiones sociales y políticas diferenciadas en las diferentes regiones del país; al tiempo que precisa tanto memorias individuales como colectivas. No en tanto historias mayores o menores, tal como lo expresan los historiadores de academia.
[5] Las bastardillas son mías, no están en el original.

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