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lunes, 17 de septiembre de 2012

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Lo que el cielo no perdona

Rene Sanchez - 16:34

LO QUE EL CIELO NO PERDONA

La editorial Planeta Colombia Editorial publicó varias novelas y ensayos que estaban prohibidos bien por razones religiosas o bien por razones políticas. Esta serie de libros fue titulada Lista negra. Recordaba viejas listas o índices que las diferentes inquisiciones han elaborado para impedir su divulgación y su lectura, bajo amenazas de pecado, con el propósito de impedir que la población lectora se contamine, y de esta manera preservar la moral pública. Fundamentalismo moral que ha impedido la abierta dilucidación de todo el pensamiento, incluido el colocado al margen. Pasada la inquisición manifiesta, hoy se ha instalado el control implícito del pensamiento disidente. El hecho de publicar lista negra ya es un acto de desobediencia civil muy importante para la democracia.

Uno de esos libros publicados por la editorial aludida fue Lo que el cielo no perdona del cura Fidel Blandón Berrío. En las páginas del libro se lee una valiente denuncia acerca del despojo de las tierras a campesino del nordeste antioqueño (Dabeiba, Peque y Juntas de Uramita), perpetrada por los llamados “chulavitas”, bandas irregulares conservadoras al servicio del gobierno de la época. La historia es aparentemente sencilla. Los campesinos son puestos en la frontera agrícola con el propósito de abrirlas para, luego, convertirlas en pastizales útiles para ganaderos y terratenientes, que formaban, por esta vía, imperios, antesala a su hegemonía política regional. Eso que Carlos Lleras Restrepo calificara como el Gamonalato regional, dueños del poder político, a quienes los políticos de oficio debían pleitesía pues tenían en sus manos el control electoral.

El drama humano del campo colombiano es evidente. A los campesinos sin tierra los ponen (era política oficial) a “abrir la selva y la montaña”. Lo que algunos historiadores denominan “civilizar la tierra”, es decir, hacerlas productivas. Cuando se llegaba a este punto, aparecían los terratenientes con títulos de propiedad antes no conocidos, pues eran tierras del Estado, eso que llama “tierra baldía”. Entonces el campesino huía selva a dentro, colonizando más tierras para que, luego, se diera el mismo proceso de despojo. Cuando los campesinos se volvieron “jornaleros” en las haciendas de plantación, cansados de la huída, fueron criminalizados por el pecado de no ser propietarios. Los pocos campesinos que eran dueños de pequeñas parcelas, fueron despojados a la fuerza con la sindicación de ser liberales y comunistas, pues la iglesia había dado su patente de corso al determinar que “ser liberal era pecado”. El objetivo del gobierno conservador era claro, acabar las mayorías liberales, con el fin de garantizar por largo tiempo su hegemonía política.

La actualidad de la lectura del libro de Blandón Berrío, es que esa zona sigue siendo uno de los sectores colombianos más fuertemente azotado por la violencia, ahora disfrazada de paramilitarismo, insurgencia armada y narcotráfico. Dicho cuadro es adosado por la parapolítica, esa alianza misteriosa entre los políticos regionales y los narcoterroristas, alianza que creo mayorías regionales, como en el nordeste antioqueño. En el centro del problema sigue estando el campesino sin tierra, sin futuro y cuya única realidad es su sindicación de subversivo, por a verse atrevida a organizarse y exigir los derechos de propiedad que han tenido históricamente. Y sigue la matanza.

Lo que el cielo no perdona es que siga imperando la injusticia con una población que su único pecado ha sido poner a producir la tierra para alimentar la población urbana. El cura Blandón, por defender a un campesinado liberal fue perseguido, encarcelado y como colorario se convirtió en un desconocido permanente, pues tuvo que cambiar de identidad, dedicarse a la docencia fundando colegios, siempre con la idea de servir al pueblo. Murió en 1986, en el anonimato en Fusagasugá, Cundinamarca. La historia es patética. En su época de sacerdocio, Blandón fue señalado como el cura guerrillero, por la élite política, mientras el pueblo campesino lo consideraba un santo, pues su vida estaba al servicio de ellos.

Ahora que se habla de perdón y reparación, es bueno volver a leer Lo que el cielo no perdona pues en sus páginas se encuentran algunas respuestas a las angustias del presente.

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