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miércoles, 23 de abril de 2014

Río 2 - Mas de lo mismo suena a refrito

Editor - 8:23

Calificación: ★★
Recomendación: MAS DE LO MISMO SUENA A REFRITO
Dirección: Carlos Saldanha
Intérpretes: Jesse Eisenberg, Anne Hathaway, Jemaine Clement, Andy Garcia, Jamie Foxx
Género: Animation, Aventura, Comedia, Familia
Duración: 101 minutos.

En la primavera de 2011 conocimos al simpático guacamayo azul Blu en la película de animación Rio. Tres años más tarde Blu, su mujer Perla y sus tres hijos, regresan a la gran pantalla, acompañados de todo el séquito de secundarios de la primera entrega. En Rio 2, los guacamayos ven por televisión que posiblemente no sean los únicos en su especie. Perla convence a Blu para viajar al corazón de la indómita selva amazónica y, así, juntos a sus inseparables Rafael, Nico y Pedro, la familia de Blu se reencuentra con otros guacamayos azules, entre ellos el padre de Perla. El domesticado Blu tendrá que hacer frente a un estilo de vida salvaje y a muchas amenazas e inseguridades, entre ellas el recelo de su suegro, la antigua amistad de Perla con Roberto, la persecución de su archienemiga la cacatúa Nigel o la deforestación de la selva por parte de los humanos.

Si la primera entrega de Rio era una película con poco calado, de esas entretenidas mientras la ves pero fácil de olvidar a los pocos días, su secuela está cortada por el mismo patrón. La historia principal, en ambas películas, no se aparta de los tópicos subyacentes a este tipo de producciones destinadas, en su mayor medida, a un público infantil, poco exigente con las lecturas más profundas tras el visionado de una película. Sí, el target principal de Rio 2 son los niños quienes disfrutarán ante la sencillez de una historia sobre el respeto y ante la riqueza de unos escenarios de vivos colores. La selva amazónica supone un perfecto escaparate para desplegar el imaginerío visual de los animadores de los estudios Blue Sky, responsables de la saga La edad de hielo.

Precisamente el director de las dos entregas de Rio fue director (o co-director) de las tres primeras partes de La edad de hielo. Con las aventuras del guacamayo azul, Saldanha pretendía rendir un bonito homenaje a su país natal. La película está plagada de colores llamativos, de ritmos y sonidos brasileños, como si fuera un carnaval constante. El exotismo de los pájaros y de la selva amázonica son la excusa ideal para echar a volar los vistosos y coreagrofiados números musicales a lo largo de la cinta, algunos mejor hilvanados que otros dentro de la lógica de la trama -impagable la versión del I Will Survive interpretada por el malvado Nigel. El compositor John Powell, Sergio Mendes o el afamado Carlinhos Brow repiten en el apartado musical tras la grata experiencia de Rio.

El delicioso número inicial durante la Nochevieja a los pies del Cristo de Corcovado servirá para conocer cómo les ha ido a nuestros pequeños personajes. Blu y sus tres retoños se han acomodado en una vida cuasi humana. Perla considera que, como pájaros que son, deben vivir una vida salvaje y, con el pretexto de encontrar a otros pájaros de su especie, se embarcan en una odisea descomunal donde la música siempre está presente. En su aventura, el dolido Nigel continuará persiguiendo a Blu, clamando venganza por aquello que le ocurriera en la primera película, y a él se le une una deslenguada rana venenosa doblada en su versión castellana por la cantante Soraya Arnelas. Además de a esta amenaza, nuestros héroes se enfrentan a una peor: la codicia y la crueldad ilimitada del ser humano.

A ritmo de constante samba y envuelta en una espléndida ambientación selvática, Rio 2 nos propone un entretenimiento pasajero para disfrutar al lado de los más pequeños de la casa quienes extraerán muchos mensajes positivos de su visionado como el respeto, la autosuperación, el conocerse a uno mismo y al prójimo y, sobre todo, la importancia de cuidar los bosques para preservar a especies en peligro de extinción. Eso sí, ante todo, la mayor pretensión de la película es hacernos pasar un buen rato ante la gran pantalla. Y lo consigue.


Divergent - Mal inicio para una Trilogia

Editor - 8:19


Calificación: ★★
Recomendación: MAL INICIO PARA UNA TRILOGIA
Dirección: Neil Burger
Intérpretes: Shailene Woodley, Theo James, Kate Winslet, Ashley Judd
Género: Aventura, Romance, Sci-Fi.
Duración: 139 minutos.

Lejos de sentirse como un soplo de aire fresco, Divergente comete los torpes errores de una pelicula que inicia una saga, y no aprende de traspiés como la reciente secuela Catching Fire lo hizo para con la saga The Hunger Games. Si, desde el comienzo vamos a sacarnos de encima lo obvio y decir que Divergente es la hermana menor de la saga de Katniss, la hija bastarda podriamos decir. Pudiendo haber volado cerca de su colega fílmica, el film de Neil Burger recicla los peores elementos de la distopía de Panem, y aúna cuestionables rasgos de hasta Harry Potter y la edulcorada Twilight - dato importante: el estudio Summit es ahora la dueña y productora tanto de Divergente como de Hunger Games y la tetralogía vampirica luminosa.

Dentro del caótico mundo que presenta una ciudad derruida por una guerra de la cual nunca se sabe que tan masiva resultó, distintas facciones representan una sociedad igualitaria. Por un lado están los pacíficos que viven felices en sus granjas, los inteligentes que observan desde su posición elevada en la sociedad, los justos que siempre dicen la verdad, los alegres agentes que comportan las fuerzas policiacas y los grises abnegados que dirigen la coyuntura politica de todos los grupos en general. Para los no lectores, la mitología está bien resuelta, de una manera sencilla que se puede seguir sin problemas, pero los problemas de la novela de Veronica Roth poco y nada pueden disfrazarlos una guionista tan interesante como Vanessa Taylor y un mediocre como Evan Dougherty, quien tiene en su haber guiones de la decepcionante Snow White and the Huntsman y las proximas Teenage Mutant Ninja Turtles y G.I. Joe 3.

No es culpa de Shailene Woodley, una excelente actriz joven que se carga una tortuosa duración de casi dos horas y media en sus hombros componiendo una tímida y casi inexpresiva jovencita, con menos personalidad que una moneda de veinticinco centavos - en papel, iamgino - pero que en la piel de Woodley cobra un carisma que satisface y genera el único pilar con el cual se soporta la película. Mas allá de rodearse de estrellas tanto maduras como jóvenes, el elenco de Divergente palidece al lado de la luz de la protagonista. Ni Ashley Judd ni Tony Goldwyn sugieren un conflicto mayor como los patriarcas de Tris, ni el papel de villana le sienta bien a una terriblemente desperdiciada Kate Winslet, que poco y nada puede hacer para levantar la historia demasiado lineal. Los jóvenes salen mejor parados, con una atractiva Zoe Kravitz como la mejor amiga, ó Milles Teller como el fanfarrón del grupo ó Ansel Egort como el compungido hermano,dupla que volverá a repetir en la edulcorada The Fault in Our Stars.

Seguirle buscando detalles que eleven el nivel de Divergente es difícil,cuando claramente el sector demográfico al cual apunta es el preadolescente, ávido de ideas masticadas y subrayadas al extremo, donde las sorpresas escasean y todo lo que tiene que salir bien, sale bien. El peligro le es esquivo a la película, nada promete situaciones riesgosas o duda en la platea en general, pero sí hay una profusión de escenas donde la banda de sonido pide a gritos ser comprada a la salida de la sala. La pérdida no es total, ya que al menos ciertos pasajes donde el férreo entrenamiento al que son sometidos la facción Osadía despiertan el interés lo suficiente como para no caer dormidos en el acto y esperar la siguiente etapa de la historia.

Con la tenebrosa idea de tres películas en un futuro, el último libro de la saga dividido en dos como dicta la costumbre de hoy en día, hay un presagio bastante dificultoso en el horizonte para Divergente. Con un final que no augura una buena promesa para la inminente secuela, será difícil saber que le deparará en unos años a la historia, cuyas aristas están gastadas totalmente al final de esta entrega. ¿Podrá Shailene mantener a flote un barco a punto de zozobrar? Lo sabremos para cuando llegue a los cines Insurgente en Marzo de 2015. Mientras tanto, acá estaremos a la espera de que una entrega inicial insuficiente sea motivo para replantearse encarar todos los aspectos de lo que sigue de una manera responsable.


Gone Girl - Trailer Sutbitulado

Editor - 7:48

20th Century Fox dio a conocer, a través de iTunes Movie Trailers, el primer adelanto oficial de Gone Girl, la nueva película de David Fincher. El mismo, que fue acompañado de un teaser póster, está construido en la forma en que el realizador suele ocuparse de las campañas promocionales para sus films -el tema se ha vuelto a tocar hoy casualmente por su alejamiento de la biopic de Steve Jobs-, con un destacado uso de la música -en este caso She de Elvis Costello- para reforzar lo que las imágenes, de una fotografía propia del cineasta, nos presentan. En líneas generales se ve como un trabajo muy en la línea de su filmografía y, como tal, debería entrar en la lista de estrenos a esperar de este año.

Basada en la novela de Gillian Flynn, quien escribió el guión, la película contará con producción de Reese Witherspoon, Bruna Papandrea y Leslie Dixon. El libro se adentra en una mañana de verano en North Carthage, Missouri, en el marco del quinto aniversario de Nick y Amy. Los regalos se están envolviendo y las reservas se están haciendo cuando la inteligente y hermosa mujer de Nick Dunne desaparece de la mansión rentada en el Río Mississippi. Cada vez bajo mayor presión de la policía y los medios de comunicación, el marido da pie a una serie interminable de mentiras, engaños y comportamientos inapropiados. Él es extrañamente evasivo y definitivamente está amargado, ¿pero es realmente el culpable? A medida que la Policía se acerca, cada pareja en la ciudad se pregunta cuánto conoce a la persona que amo. Junto a su hermana gemela, él sostiene su inocencia, pero si él no lo hizo, ¿dónde está su mujer? Y ¿qué es lo que dejó en esa caja de regalo en la parte trasera del armario de su habitación?

Ben Affleck, Rosamund Pike, Neil Patrick Harris, Tyler Perry, Kim Dickens, Patrick Fugit, Scoot McNairy y Carrie Coon son quienes encabezan el elenco del nuevo film del hombre detrás de The Girl with the Dragon Tattoo, quien además es el primero en llevar a la terrible bomba Emily Ratajkowski a la pantalla grande. Su estreno en cines está previsto para el 3 de octubre del 2014.


X-Men: Days of Future Past - Trailer Subtitulado Final

Editor - 7:41

Tal y como se esperaba desde hace días, 20th Century Fox dio a conocer el segundo adelanto extendido de X-Men: Days of Future Past. El avance para este nuevo film de Bryan Singer no se contiene y revela todo lo que se necesita conocer sobre esta película, con el rol preponderante que Wolverine tendrá en el argumento y con un vistazo a algunas de las secuencias destacadas que se podrán apreciar -el escape de prisión de Magneto gracias a Quicksilver, por ejemplo-, mientras que además se le deja a todos los mutantes una oportunidad de brillar. Se trata de la mejor pieza promocional que la compañía ha ofrecido en torno a esta esperada producción -la música es cuestionable, pero no se puede todo en la vida- y no hace más que reforzar la impresión de que su estreno será uno de los grandes eventos del año.

James McAvoy, Michael Fassbender, Hugh Jackman, Patrick Stewart, Ian McKellen, Jennifer Lawrence, Nicholas Hoult, Ellen Page, Shawn Ashmore, Daniel Cudmore, Lucas Till y Halle Berry, son quienes vuelven a sus personajes de la primera trilogía o de la nueva época que comenzó con X-Men: First Class de Matthew Vaughn, mientras que Fan Bingbing, Adan Canto, Omar Sy, Booboo Stewart, Josh Helman, Evan Peters y Peter Dinklage se cuentan entre los incorporados.

El guión de Simon Kinberg, autor de X-Men: The Last Stand, está basado en la línea argumental desarrollada por Chris Claremont y John Byrne. En esta se produce el ensamble definitivo de mutantes, con los personajes de la primera trilogía reunidos con sus versiones jóvenes de X-Men: First Class en una lucha para proteger el pasado y así salvar su futuro. Su estreno en 3D está previsto para el 23 de mayo del 2014 en Estados Unidos y prácticamente todo el mundo, mientras que por algún motivo tendríamos que esperar en Argentina y México hasta el 17 y 18 de julio.


lunes, 21 de abril de 2014

Diez pilares literarios

Editor - 15:54

Cada uno de estos 10 libros —'Relato de un náufrago', 'El coronel no tiene quien le escriba', 'Los funerales de la Mamá Grande', 'Cien años de soledad', 'La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada', 'El otoño del patriarca', 'Crónica de una muerte anunciada', 'El amor en los tiempos del cólera', 'El general en su laberinto' y 'Del amor y otros demonios'— ha marcado un hito en la trayectoria literaria de Gabriel García Márquez y en la historia de la literatura del siglo XX. La suma de los 10 conforma el núcleo esencial de su obra, y cinco de ellos han cautivado a una mayoría de lectores en todo el mundo: 'Cien años de soledad', 'Crónica de una muerte anunciada', 'El amor en los tiempos del cólera', 'El coronel no tiene quien le escriba' y 'Relato de un náufrago'. Pero 'Cien años de soledad' es la obra que se ha colocado en lo más alto, codeándose con las grandes novelas de la literatura universal. Más aún, a casi cincuenta años de su publicación, la novela de Macondo ha logrado consolidarse como uno de los libros más influyentes de la humanidad, privilegio que comparte con 'El Quijote' en lengua española. Todos los espacios, personajes e historias de los libros de García Márquez tienen su origen en lugares, personas, hechos, historias y elementos del mundo cotidiano y de la Historia, de modo que el mismo escritor no se cansó de repetir que no había una sola línea de sus libros que no estuviera basada en la realidad. Inseparablemente de esta norma, una imaginación envolvente y una bien dosificada poética de la nostalgia fueron los componentes alquímicos que le permitieron trasmutar toda esa diversa materia prima en ficciones trascendentales.

'Relato de un náufrago' (1955-1970)

Este relato reconstruye minuciosamente la odisea del marinero Luis Alejandro Velasco, quien pasó 10 días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, después de haber visto ahogarse a siete de sus compañeros del destructor 'Caldas', de la Marina de Guerra de Colombia, a causa de una supuesta tormenta en el mar Caribe. La verdad, contada por primera vez en este reportaje, fue bien distinta: no había habido ninguna tormenta, sino que la nave sufrió un bandazo por el fuerte viento del mar, y, a causa de la carga de contrabando que llevaba mal estibada en la cubierta, no pudo maniobrar a tiempo para recoger a los ocho marineros. El reportaje, que tuvo un éxito periodístico y literario inmediato y puso en apuros al Gobierno del dictador Gustavo Rojas Pinilla, se publicó en 14 entregas, firmado con el nombre de 'El náufrago', en el diario 'El Espectador' de Bogotá, en abril de 1955, y solo en marzo de 1970 fue editado en libro por Tusquets Editores con el nombre del escritor.

'El coronel no tiene quien le escriba' (1958-1961)

La historia del abuelo del escritor, Nicolás Ricardo Márquez Mejía, que fue coronel de la guerra civil de los Mil Días y esperó durante media vida la pensión de guerra vitalicia que el gobierno colombiano conservador les prometió a los excombatientes liberales y conservadores, es el origen lejano de esta segunda novela de García Márquez. El abuelo, como el personaje de la novela, fue testigo de la firma del tratado de paz de Neerlandia, en octubre de 1902, que puso término a la contienda, y desde entonces esperó la pensión prometida hasta su muerte, en marzo de 1937. En los últimos años de su vida, el nieto solía acompañarlo semanalmente a la oficina de correos, y el rito repetido de la frustración cada jueves le causaba una cierta risa. Por eso, cuando en 1956 se sentó a escribir la novela en una buhardilla del Hotel de Flandre, creyó que el relato tendría un tono de comedia, pero pronto el mismo García Márquez se encontró en una situación parecida a la de su abuelo, esperando una carta, un giro, algo que lo salvara de la miseria de París. Como sus amigos no pudieron encontrarle un editor a lo largo de más de un año de búsqueda, el poeta Gaitán Durán publicó la novela en la revista 'Mito' en 1958, y el librero y editor antioqueño Alberto Aguirre la editó en forma de libro por primera vez en 1961 en Medellín.

'Los funerales de la Mamá Grande' (1962)

De los ocho relatos que conforman este volumen, solo tres ocurren en Macondo: 'La siesta del martes', 'Un día después del sábado' y 'Los funerales de la Mamá Grande'. Macondo, el pueblo mítico que nace y se perfila ya en 'La hojarasca', aparece en estos tres relatos más definido en su topografía, climatología, urbanismo y ambiente, así como en la mezcla de los elementos que harían de él la capital del realismo mágico en 'Cien años de soledad'. Pero es el cuento que da título al libro, junto a 'El mar del tiempo perdido', la verdadera puerta de entrada a la novela magna de García Márquez. El personaje de la Mamá Grande tiene referencias reales en personas y hechos históricos que el autor conoció en su infancia de Aracataca y en su juventud de Sucre, como su tía abuela Francisca Cimodosea Mejía, Tía Mama —quien prácticamente lo crió junto a los abuelos y era la gran mamá de la casa de Aracataca—, y la rica hacendada sucreña María Amalia Sampayo de Álvarez. También están en el origen de esta tragicomedia sarcástica, humorística y fantástica la United Fruit Company, conocida en la zona bananera como La Mamita Yunai; el corrupto, anacrónico y retrógrado régimen bipartidista de la Regeneración, que rigió en Colombia a finales del siglo XIX, y el Frente Nacional, la gran componenda de liberales y conservadores acordada en 1958 para repartirse el poder a partes iguales durante veinte años.

'Cien años de soledad' 


Desde que tuvo conciencia de ser un creador, García Márquez sintió la necesidad de escribir una novela (o un largo poema de la vida cotidiana) en la que cupieran, traspuestos por la imaginación y la poesía, los diversos personajes que conoció de niño en la casa de Aracataca, empezando por sus abuelos Nicolás Márquez Mejía y Tranquilina Iguarán Cotes, así como los hechos e historias que vivió, presenció o le contaron. Es por eso por lo que 'Cien años de soledad' tuvo el título de 'La casa' durante diecisiete años. La imagen original de la cual parte la novela lo persiguió desde la adolescencia, y fue el recuerdo constante de verse de la mano del abuelo, que lo llevaba por las calles de Aracataca a ver el circo, a ver las películas de Tom Mix, o a dar “la vueltecita” al atardecer. Pero si bien García Márquez escribió 'Cien años de soledad' para “volver” a esos instantes en que fue muy feliz con el abuelo, no es menos cierto que también “retornó” a los momentos de mayor zozobra: aquellas tardes en que la abuela lo sentaba en una silla de la sala y lo amordazaba con el terror de los muertos antepasados para que no siguiera preguntando y molestando. Esos momentos fueron probablemente los más fecundos para su vida de escritor, pues el niño Gabito, atónito ante los espíritus vivientes de la abuela, crecería y evolucionaría desde su primer cuento, 'La tercera resignación', hasta 'Cien años de soledad', donde, con el nombre de Melquíades, llega a ser el mago, el profeta y el poeta que escribe la novela en sánscrito dentro de la novela, logrando la reconciliación de vivos y muertos y la fusión completa de sus dos mundos. Pero para hacer el viaje literario a su origen, el autor tuvo que partir desde más atrás: desde los tiempos juveniles de sus abuelos en Riohacha, donde Nicolás Márquez fue un joven platero convertido en el esposo de su prima hermana Tranquilina Iguarán; desde Barrancas, donde el abuelo participó en la guerra de los Mil Días, y donde, años después, mató en un duelo a su copartidario Medardo Pacheco, lo que obligó a los Márquez Iguarán a emprender un éxodo de dos años que los llevó hasta Aracataca, pasando por Riohacha, Santa Marta y Ciénaga. Pero aún tuvo que partir desde más allá: desde los tiempos de la conquista y la colonia, cuando Francisco Drake asaltó a Riohacha, con consecuencias tan diversas y duraderas, que siglos después dos primos hermanos, José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, terminaron por toparse frente al altar, lo mismo que los abuelos del escritor. Así pues, Macondo, donde el mundo era tan reciente que las cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo, es el pueblo mítico imaginado a partir de la Aracataca natal del escritor; la casa de los Buendía es el trasunto novelesco de la casa de los abuelos, donde Gabito nació y vivió hasta los 11 años; el coronel Aureliano Buendía es la síntesis ficticia del general Rafael Uribe Uribe y del coronel Nicolás Márquez Mejía; la guerra civil de los Mil Días entre liberales y conservadores (1899-1902) es el modelo histórico de las guerras civiles del coronel Aureliano Buendía; la explotación y los desmanes de la United Fruit Company en el Gran Magdalena son los mismos de la compañía bananera de Macondo, incluyendo la matanza de los trabajadores huelguistas en Ciénaga, en diciembre de 1928; y los pescaditos de oro que fabrica el coronel Aureliano Buendía en su soledad son los mismos que el nieto le vio hacer al abuelo Nicolás en su taller de Aracataca.

'La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada' (1972)


Con la excepción de 'El mar del tiempo perdido', escrito en México en 1961, los cinco relatos y la 'nouvelle' que da título a este volumen son posteriores a la escritura de 'Cien años de soledad'. Derivan de un viejo proyecto de cuentos para niños que no cuajó en su momento y que García Márquez retomó con nuevas perspectivas en 1968, mientras escribía en Barcelona 'El otoño del patriarca'. Bajo la influencia fecunda de Juan Rulfo, 'El mar del tiempo perdido', cuyo espacio se inspira en la localidad marina de Tasajera, es, junto al relato 'Los funerales de la Mamá Grande', la antesala de 'Cien años de soledad'; más aún, es ya la novela de Macondo en estado embrionario: hay un cura que levita, un hombre que lleva a su mujer a conocer el dinero (el hielo, en la versión original), una Eréndira anónima, un pueblo que es o puede ser un espejismo y otro pueblo fantasma sumergido en el mar: un Comala acuático. Una vieja imagen de un ahogado que aparecía en una playa, con la cual su amigo Álvaro Cepeda Samudio no sabía qué hacer, y una experiencia personal que le contó el pintor Alejandro Obregón, quien una noche rescató a un ahogado mientras pescaba sábalos en la Ciénaga Grande, le sirvieron a García Márquez para concebir su parábola autobiográfica en 'El ahogado más hermoso del mundo', donde se ve al otro lado del espejo cómo un hombre metafóricamente ahogado por la gloria y la fama mundial que le deparó 'Cien años de soledad'. La extraordinaria belleza del ahogado forastero, una vez que las mujeres del lugar lo limpian y lo aderezan, lo convierte pronto no solo en el ciudadano más hermoso y destacado del pueblo, sino que a través de Esteban (el laureado), todos los habitantes del lugar terminan siendo parientes entre sí. Por su arquitectura narrativa, por su estilo y su aliento, 'El último viaje del buque fantasma' y 'Blacamán el bueno. Vendedor de milagros' son claros antecedentes de 'El otoño del patriarca'. Pero es la 'nouvelle' que da título al volumen, que continúa y desarrolla un episodio de 'Cien años de soledad', el relato que ofrece mayores elementos autobiográficos, empezando por su origen (la historia de una escuálida adolescente que el autor conoció de joven por los lados de Sucre, y era prostituida por una matrona en un burdel ambulante) y terminando por su escenario dramático (la Guajira interior que García Márquez recorrió a principio de los años cincuenta con Rafael Escalona, cuando vendía enciclopedias y libros de medicina de pueblo en pueblo).

'El otoño del patriarca' (1975)


La novela del mítico dictador latinoamericano desarrolla y cristaliza las preocupaciones que sobre el poder y la figura del caudillo venía intentando concebir y expresar el escritor colombiano desde algunos relatos de 'Los funerales de la Mamá Grande, La mala hora' y 'Cien años de soledad'. Como en sus otros grandes libros, el tema le venía ya desde su misma infancia. Sin duda, la primera figura del poder que conoció Gabito fue la misma de su abuelo, el coronel Nicolás Márquez, junto a las de otros coroneles y generales de la guerra de los Mil Días, pues ellos fueron las grandes referencias humanas, políticas y morales de Aracataca. Luego experimentaría en su país la dictadura de Rojas Pinilla, y como periodista asistiría a la caída de las dictaduras de Marcos Pérez Jiménez en Venezuela y Fulgencio Batista en Cuba. Desde que visitó Rusia en 1957, lo iba a perseguir la imagen embalsamada de Stalin en el mausoleo de la Plaza Roja de Moscú, con sus bigotes y sus manos finas y femeninas de mariscal embalsamado todavía mandando desde la muerte. A estas experiencias aunó todo lo que pudo leer sobre dictadores, empezando por Julio César, pasando por los citados y terminando con especial atención en Leónidas Trujillo, hasta el punto de que, si bien la ciudad del patriarca es una síntesis de Santo Domingo y Cartagena de Indias, su palacio es un trasunto de la casa del Virrey Digo Colón, construida en 1510 al lado del río Ozama. Como el personaje Orlando de Virginia Wolf, el tiempo vital y político del dictador dura unos 450 años, pues conoce a Colón en persona y un viernes histórico ve ancladas frente a su ventana sus tres carabelas. La también destacada presencia del poeta Rubén Darío, con sus muchos versos engastados a lo largo de la narración, nos permite concluir que, como en 'Cien años de soledad', en 'El otoño del patriarca' García Márquez vuelve a fundir en un mismo discurso poético-narrativo todos los tiempos y una síntesis esencial de la historia de América Latina.

'Crónica de una muerte anunciada' (1981)


Cuando ocurrieron en el pueblo de Sucre los hechos trágicos que dieron lugar a la novela, García Márquez se encontraba en Cartagena, trabajando en 'El Universal', y lo primero que pensó fue viajar al lugar para escribir un largo reportaje sobre el asesinato de su amigo Cayetano Gentile Chimento, el 22 de enero de 1951, a manos de los hermanos Víctor Manuel y José Joaquín Chica Salas. Pero su inexperiencia periodística y literaria y sus compromisos laborales fueron postergando el propósito. Después, fue la promesa hecha a la madre de que no escribiría la novela mientras vivieran ciertos protagonistas de la tragedia. De modo que cuando pudo escribirla, treinta años más tarde, no solo los hechos formaban parte de su propia memoria, sino que ya tenía resueltos todos los problemas técnicos y temáticos que le planteó esta obra, pudiendo entretejerlos en una fascinante trama deudora del reportaje, de la novela policíaca y de la tragedia griega, especialmente del 'Edipo Rey' de su maestro Sófocles. Apoyándose en sus recuerdos del pueblo de Sucre, donde había pasado las vacaciones de estudiante y de joven periodista, y donde su familia vivió 12 años; de su plaza y de sus calles, así como de su aspecto urbano y del puerto sobre el río de la Mojana, que es el mismo de 'El coronel no tiene quien le escriba' y 'La mala hora', García Márquez compuso pues la 'crónica' de la muerte anunciada de Santiago Nasar, causada por los hermanos Pedro y Pablo Vicario, espléndida trasposición de la muerte de su amigo Cayetano Gentile Chimento a mano de los hermanos Chica Salas, para limpiar el honor mancillado de su hermana Margarita, quien el día anterior había sido devuelta a su casa por su esposo Miguel Reyes Palencia, ya que la novia no había llegado virgen al matrimonio, y había señalado a Cayetano como el causante de su deshonra. Aunque todo el mundo sabía en el pueblo que a Cayetano lo iban a matar, nadie pudo (o no quiso) hacer nada para evitar que lo mataran. La novela, que invierte el canon angular del género policíaco, es esencialmente una interpelación a la tragedia griega, en particular a la obra sofoclea, pues, al contrario que esta, deja sentado que no es el 'fatum' inexorable el causante de la suerte de una sociedad, sino la responsabilidad colectiva de sus miembros.

'El amor en los tiempos del cólera' (1985)


Si 'Cien años de soledad' tuvo que esperar 20 años para ser escrita y 'Crónica de una muerte anunciada', 30, 'El amor en los tiempos de cólera' tuvo que esperar mucho más, pues el largo plazo fue impuesto no tanto por las musas como por la misma vida. Como en la novela de Santiago Nasar, el escritor supo esperar hasta que las circunstancias de la vida aconsejaran novelar el amor contrariado que vivieron sus padres durante su noviazgo. A partir de la información que le dieron en largas conversaciones por separado, García Márquez concibió toda una saga polifónica en torno a las más diversas vertientes del sentimiento amoroso, situándola en Cartagena de Indias entre finales del siglo XIX y principios del XX, cuando todavía era común en la región la peste del cólera. El argumento central está constituido por el noviazgo contrariado de Florentino Ariza y Fermina Daza, el convencional y largo matrimonio entre ésta y Juvenal Urbino, y el rencuentro ya de viejos entre la viuda Fermina Daza y el incurable romántico Florentino Ariza, quien la espera 53 años, 7 meses y 11 días. Si bien García Márquez reparte las muchas aristas personales, vocacionales y profesionales de su padre Gabriel Eligio entre los personajes de Florentino Ariza y Juvenal Urbino, de su madre Luisa Santiaga parece poner apenas ciertos comportamientos y rasgos psicológicos en el personaje de Fermina Daza. Es cierto que es en el azaroso noviazgo y en el matrimonio furtivo de sus padres, así como en el largo viaje que sus padres le imponen a La Guajira para que olvide al novio, donde radican los grandes momentos originales de la novela, pero solo hasta ahí en cuanto a su madre se refiere, pues la vida y la suerte de Fermina Daza corren de manera bien distinta de las de Luisa Santiaga Márquez Iguarán.

'El general en su laberinto' (1989)


Como anotó García Márquez, la idea de escribir esta novela sobre Bolívar se la “regaló” su amigo Álvaro Mutis, pero el humus, el fundamento, ya lo traía el escritor en su memoria no sólo como una herencia histórica, sino también como una vivencia personal y familiar. Su bisabuelo, el castellano Nicolás del Carmen Márquez Hernández, había conocido a los diez años a El Libertador en algún momento de su viaje hacia la muerte por el río Magdalena. Antes de cumplir los cuatro años, el día de la celebración del centenario de su muerte, Gabito escuchó en Barranquilla por primera vez el nombre de Bolívar. Luego, a los cinco o seis años, vio por primera vez la imagen del Padre de la Patria muerto en un calendario mural en la oficina del abuelo, y a los siete años, este lo llevó de la mano a conocer la quinta de San Pedro Alejandrino, donde había muerto. Para ese entonces, no solo el abuelo le había mitificado la figura de El Libertador, sino también la caraqueña Juana de Freytes, partera de emergencia de su madre cuando él nació y posteriormente una de sus parteras literarias junto a la maestra Rosa Elena Fergusson. De modo que cuando el escritor dejó París y se radicó en Caracas como periodista a finales de 1957, ya Bolívar era más que una presencia histórica: era otro de los grandes personajes de su infancia. Así que puede decirse que el relato 'El último rostro', de Álvaro Mutis, no es el origen de 'El general en su laberinto', como se cree generalmente, sino el gran impulso de su escritura. La acción empieza el 8 de mayo de 1930, cuando, tras renunciar a la presidencia de la Gran Colombia, Bolívar deja Bogotá para viajar Cartagena de Indias por el río Magdalena, donde habría de tomar un barco rumbo a Europa, pero la muerte lo esperaba en Santa Marta el 17 de diciembre de ese mismo año. Aunando el relato histórico, la crónica de viajes, la novela, la tragedia y, de principio a fin, la poesía, el autor nos presenta, en una estructura perfecta y un estilo depuradísimo, musical y liviano, al contradictorio personaje histórico y al hombre de carne y alma marchando hacia la muerte, con su figura y su gloria en piltrafas. El general ya no saldría de su laberinto: había muerto antes de la muerte.

'Del amor y otros demonios' (1994)


La furtiva historia de amor entre Sierva María de Todos los Santos y Cayetano Delaura, su confesor y exorcista (otro romántico incurable como Florentino Ariza), está ambientada en la Cartagena de Indias colonial de mediados de siglo XVIII. En la novela se recrean los hechos de lo que, un siglo antes, se conoció como 'Cessatio a Divinis', una disposición obispal por la cual quedaron suspendidos los oficios religiosos en la ciudad hasta nueva orden. La causa había sido un pleito encarnizado entre las monjas clarisas del Convento de Santa Clara, apoyadas por el gobernador civil, y el obispo franciscano, de quienes dependía económica y administrativamente. De modo que lo político, lo religioso, lo social, lo cultural, se amalgaman en un nudo contradictorio en la dinámica diaria de la ciudad colonial, mientras en el convento transcurre una apasionada relación clandestina entre la novicia Juana Clemencia de la Barzés y Pando y el Teniente del Gobernador, hecho del cual partió García Márquez para concebir los amores furtivos de Cayetano Delaura y Sirva María de Todos los Santos. Una vez más, García Márquez nos enfrenta al hecho de que el amor no tiene edad, ni límites sociales, culturales, clasistas, o mentales, y que, como escribió Quevedo, puede ser una energía constante más allá de la muerte. Desde el momento en que, al final de la novela, a Sierva María la encuentran en su cama muerta de amor por el amante ausente, los cabellos le empiezan a crecer en el cráneo rapado, y, 200 años después, su autor “descubre”, cuando “asiste” el 26 de octubre de 1949 al desenterramiento de sus restos en el ruinoso Convento de Santa Clara, que no le habían dejado de crecer, pues ahora su cabellera espléndida medía veintidós metros con once centímetros, según refiere en el capítulo liminar de la novela.

La larga herencia de estos años

Editor - 15:42

Gabriel García Márquez se hizo periodista en un mundo (periodístico) que hoy casi no existe, y una de sus herencias más impresionantes es la de haber hecho todo lo posible para que ese mundo no deje de existir.

A los 20 años, mientras estudiaba abogacía, empezó a escribir artículos cortos en el periódico El Universal, de Cartagena. El primero, del 21 de mayo de 1948, empezaba diciendo “Los habitantes de la ciudad nos habíamos acostumbrado a la garganta metálica que anunciaba el toque de queda”. Siguieron decenas de textos de un desenfado y una libertad insólitos para un principiante, en los que se veía ya la voluntad de establecer un punto de vista a contrapelo y trabajar una prosa que, a pesar de las prisas del cierre, brillaba en la efectividad de los arranques, en el uso de adjetivos y metáforas inesperados, en el humor y la ironía. Tanto podía hablar de la hibridez del día jueves (“Despertamos a su simple claridad, a su desabrida transparencia, con la sensación de estar desembarcando en una isla estéril”), como apelar a los cables que llegaban al periódico y aplicarles un procedimiento de expansión (lo mismo que había hecho, años antes, el genial argentino Roberto Arlt, en su sección Al margen del cable, en el diario El Mundo, de Buenos Aires), para escribir, por ejemplo, acerca de una joven italiana, Mirella Petrini, que había tomado una sobredosis de barbitúricos y permanecía dormida. Pasó por El Heraldo; por El Nacional, de Barranquilla; por El Espectador, de Bogotá. En esas redacciones, en las que había solidaridad, tertulia y sed de buenas historias, aprendió el oficio cometiendo desastres y maravillas. Se topó con colegas que lo miraban con sospecha antes de transformarlo en “uno de los nuestros”, y encontró editores que supieron educarlo y sacar de él un periodista más enamorado de la información que de sí mismo, como José Salgar, que le apretaba las clavijas cuando, después de devolverle un texto escrito con demasiados adornos, le decía “Hay que retorcerle el cuello al cisne”. Aprendió a fuerza de frustración (una vez, el mismo Salgar le comentó un artículo diciéndole: “A este cisne no hay que retorcerle el cuello, porque ya nació muerto”), y a fuerza de pánico: cuando lo mandaron a cubrir un derrumbe con decenas de víctimas en Medellín, pensó en renunciar, porque no tenía idea de cómo contar la historia, hasta que, como una epifanía, en una charla con un taxista que lo llevaba de regreso al hotel (desde donde pensaba enviar la renuncia), entendió qué era lo que tenía que hacer, le pidió al taxista que cambiara de rumbo, reporteó, escribió y regresó transformado, gracias a esa cobertura, en una joven estrella.

Supo, desde el principio, que el lugar de un reportero no era la calma burocrática de un escritorio sino la calle. Salir, ver y volver para contar fueron los tres movimientos naturales que incorporó en aquellos años, y en los que siguió creyendo hasta el final.

En 1955 le cayó en las manos una piedra opaca a la que nadie, ni él, le tenía fe, y terminó por transformarla en un diamante encendido. El director de El Espectador, Guillermo Cano, le ordenó entrevistar a Luis Alejandro Velasco, el único sobreviviente del naufragio del destructor Caldas, de la Armada Nacional. Había pasado un mes desde la noticia, el náufrago había sido entrevistado por otros periódicos, y García Márquez se negó a hacer el trabajo porque pensó que la historia ya era vieja y no iba a interesarle a nadie. Finalmente, por obediencia laboral, aceptó, con la condición de que el texto no llevara su firma. Esa rebeldía levantisca produjo una pieza de periodismo magistral. Después de tres semanas de entrevistas de seis horas diarias, escribió un larguísimo monólogo interior, en primera persona, donde la voz del náufrago fluye, de principio a fin, sin quiebres, sin fisuras, con un grado de detalle y verosimilitud que hace olvidar que quien narra no es él, sino el autor. Relato de un náufragose publicó en veinte entregas (en los ‘70 sería libro), multiplicó el tiraje del periódico y reveló una historia de contrabando —la verdadera causa del naufragio— que ayudó a corroer al gobierno dictatorial de entonces, que cayó dos años más tarde.

Después de ese reportaje consagratorio, García Márquez empezó a transitar el largo camino que lo llevaría a ser quien fue: escribió novelas como El coronel no tiene quién le escriba, Cien años de soledad, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada y, como se sabe, ganó el premio Nobel en 1982. Sin embargo, cada vez que le preguntaban, decía que se consideraba, sobre todo, periodista. De hecho, seguía siéndolo: entre 1959 y 1961 trabajó en Prensa Latina, en 1974 fundó la revista Alternativa, entre 1980 y 1984 publicó artículos semanales en El Espectador, en 1986 escribió Miguel Littin, clandestino en Chile, en 1996 Noticia de un secuestro, en 1999 compró la revista colombiana Cambio. Y, entre todas esas cosas, hizo un gesto mayor: en 1994 creó la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano que, con sede en Cartagena, tendría como fin estimular “las vocaciones, la ética y la buena narración en el periodismo”, a través de, entre otras cosas, la organización de talleres, que se dictarían en diversas ciudades del continente, y donde periodistas de las nuevas generaciones, bajo la guía de un colega experimentado, pasarían una semana escribiendo y discutiendo sobre el oficio. Volvamos: un premio Nobel, un escritor de ficción que ha recibido los máximos honores que un escritor de ficción puede recibir, que ha publicado una novela —Cien años de soledad— que es, desde el mismo día de su publicación, un clásico de la lengua, decide poner su nombre y su prestigio al servicio de una fundación para periodistas: de gente que cuenta historias reales. Pudo haber montado una beca para jóvenes poetas, o una residencia para novelistas. Pero no: señaló al periodismo —con un dedo que sabía poderoso— y dijo: “Es por ahí”. Dos años después, en 1996, en la Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa, dio un discurso llamado El mejor oficio del mundo, en el que repasó la forma en la que él había llegado al periodismo —aquel trajín de redacciones, aquel rigor de editores maestros— y la comparó con el estado de las cosas por entonces: “Hace unos cincuenta años no estaban de moda escuelas de periodismo. Se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes. Todo el periódico era una fábrica que formaba e informaba sin equívocos, y generaba opinión dentro de un ambiente de participación que mantenía la moral en su puesto”. Seguía diciendo que en ese momento, en cambio, a los periodistas ya no los conmovía “el fundamento de que la mejor noticia no es siempre la que se da primero, sino muchas veces la que se da mejor (...) y se extraviaron en el laberinto de una tecnología disparada sin control hacia el futuro. (...) Las salas de, redacción son laboratorios asépticos para navegantes solitarios, donde parece más fácil comunicarse con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores”. García Márquez dejó una obra de no ficción muy sólida, pero quizás su gesto más importante haya sido esa prédica: la insistencia en que el periodismo no es una escritura de segunda mano, un género rotoso, sino algo a lo que vale la pena dedicarle los desvelos de una vida. Perteneció a una generación de grandes autores que empezaron haciendo periodismo, pero pocos, como él, no renegaron del oficio una vez consagrados como escritores de ficción; pocos, como él, no miraron con menosprecio ese pasado en redacciones repletas del humo, aporreando maquinas de escribir en carrera enloquecida contra el cierre (el otro nombre evidente es Mario Vargas Llosa, que jamás ha dejado de ejercerlo ni de pensar que el género, bien hecho, puede alcanzar altísimas cotas). Repitiendo que siempre se había considerado periodista, García Márquez puso al oficio, en términos valorativos, a la par de la mejor literatura y, con la creación de la FNPI, transformó ese dicho en acto, al punto que el estado actual del periodismo en América Latina no puede evaluarse sin tener en cuenta los profundos efectos que ha tenido, en él, la existencia de la Fundación.

A lo largo de todos estos años, la FNPI formó una red: hizo que muchas personas, dispersas en muchos países, se sintieran parte de algo. A veces de una catástrofe, a veces de una precariedad, pero siempre de una idea: de la idea del periodismo como un oficio noble. Los talleres que organiza la Fundación duran, en promedio, cinco días. Varios de los periodistas que pasaron por esos talleres, ya de regreso en sus países, renunciaron a las revistas o los periódicos en los que trabajaban porque, una vez vislumbrado —o recordado— lo que el oficio podía ser, no se sintieron capaces de seguir ejerciéndolo con el automatismo anestésico de quien forma parte de una cadena de montaje, y decidieron intentarlo solos. No es el único efecto —ni el más importante— que ha tenido el trabajo de la Fundación, pero la mejor herencia de García Márquez cabe en ese símbolo: en el salto al vacío de esos hombres y mujeres que, antes de ser navegantes solitarios en redacciones como laboratorios asépticos, prefirieron tomar el riesgo de soltar amarras y tratar de hacer honor a lo que este hombre creía: que el periodismo, bien hecho, es una forma del arte.

Leila Guerriero es periodista y escritora argentina.

La muerte es una resurrección

Editor - 15:34

Ese don de los dioses adorna a muy pocas personas: en mi propio mundo cultural se limita a Mark Twain y a Charles Chaplin

Desde el momento en que una radio española me llamó hace treinta y seis horas para preguntar por mi reacción ante la muerte de Gabriel García Márquez—"primera noticia", dije, acongojado, asfixiado, "no tengo comentario, tendré que pensarlo"—no ha habido tiempo para reflexionar sobre la desaparición de quien ha sido, en cierto sentido, el personaje más significativo en mi vida desde diciembre de 1990, el momento (otro momento, otro instante) en el que me abrió la puerta de su casa en La Habana (Cuba) y nació la relación entre el gran escritor y su biógrafo desconocido. Desde que recibí la noticia, de esa manera un tanto brutal, he dedicado mi tiempo a vencer la congoja, mi orfandad irremediable para proferir una infinidad de declaraciones apresuradas obviamente imprescindibles en este mundo acelerado que nos ha tocado vivir, pero que suelen dejarnos con la impresión de habernos traicionado a nosotros mismos y de haber traicionado también a la persona de la que hablamos.

Primera reflexión: Gabo llegó a ser quien era (quien es) en parte, porque fue un gran maestro de las frases con gancho y lo fue porque siempre logró convencer al lector o al oyente de que estas eran espontáneas, la emanación directa y natural de una persona que no solamente era un genio sino también un hombre del pueblo. Ese don de los dioses adorna a muy pocas personas: en mi propio mundo cultural se limita a Mark Twain y a Charles Chaplin (nacido, para mi orgullo, en mi barrio londinense).

Durante muchos años, he declarado a la prensa que el caso de García Márquez era único, que era un fenómeno no solamente literario sino cultural en el sentido más amplio de la palabra, un fenómeno absolutamente sin precedentes en el ámbito hispanoamericano, que este colombiano era el primer escritor global —conocido no solamente en Occidente sino también en los pequeños pueblos de Asia y África—, que Cien años de soledad era la primera novela global y Aracataca la primera aldea global, por adaptar el concepto de Marshall McLuhan a la irrupción de la epopeya garciamarquiana en el mundo.

No solamente era un genio, sino también un hombre del pueblo
Lo decía y lo repetía, pero también pensaba, ¿será verdad? ¿estás exagerando? ¿qué dirá la posteridad? Bueno, la posteridad ha empezado a hablar. Ha muerto un mundo, nos dice el editorial de El País. El mundo llora la muerte de García Márquez, comenta La Jornada de México. Han hablado los políticos: Obama, Clinton, Hollande, Putin. (Clinton dijo, "Me sentí honrado de ser su amigo y de conocer su gran corazón y su mente brillante durante más de veinte años"). "Mil años de soledad y tristeza por la muerte del más grande colombiano de todos los tiempos", tuiteó el presidente de Colombia. "Latinoamérica y el mundo entero sentirán la partida de este soñador", dijo el presidente del Perú. Le secundaron los presidentes de México, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Cuba, Brasil y demás países de su continente. Mariano Rajoy expresó "afecto y admiración por el escritor imprescindible y universal de la literatura en español de la segunda mitad del siglo XX". El novelista británico Ian McEwan comentó, "Yo lo colocaría muy arriba, en el mejor lugar del Parnaso". Y Mario Vargas Llosa, el único superviviente del boom, su sucesor en el panteón de los Nobel y único rival novelístico en América Latina, comunicó su congoja desde Ayacucho.

Era verdad, pues. La explosión de tristeza y afecto ha sido como la explosión de júbilo y satisfacción que vimos y vivimos hace más de 30 años cuando se anunció el Premio Nobel de García Márquez y que, año tras año, la prensa latinoamericana ha recordado con cada aniversario especial y cada cumpleaños del aedo de Aracataca, como lo llamó alguna vez su amigo Carlos Fuentes.

Me siento muy, muy triste. Pero hace años que nos sentimos tristes pensando en Gabo, hablando de Gabo. Cuando fui a verlo en México en octubre de 2005, me dijo que él mismo estaba un poco triste y que se daba cuenta de que "todo esto" se acababa. No estaba hablando de su muerte física. Pasaron más años y como en los cuentos de hadas —Rip van Winkle, La Bella Durmiente— nos dimos cuenta de que el tiempo se había detenido. Gabo vivía pero ya no nos hablaba, ya no nos escribía. No olvidamos a Gabo, pero Gabo —el rey de la memoria, el hablador de la tribu— sí se olvidaba de nosotros. Me he dado cuenta, en estas 36 horas de consternación y duelo, de que, en el caso de Gabo, su muerte es, indudablemente, una resurrección. El editorialista de El País anunció "El fin de un mundo" y sin embargo, al final de sus reflexiones, no pudo aguantar su propia conclusión y declaró, "Ha muerto Gabo, deja un mundo". Es decir, "Ha muerto el rey, ¡viva el rey!, pero que sea el mismo".

Gerald Martin

La soledad de América Latina

Editor - 15:12

Discurso íntegro que Gabriel García Márquez dio al recibir el Premio Nobel de Literatura, en 1982

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: «Me niego a admitir el fin del hombre». No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.

Muchas gracias.

Todo lo que yo le debo

Editor - 14:48

Todos morimos, pero algunos mueren más. Tardé poco en entender, el jueves por la noche, que la desaparición de García Márquez no solo era una noticia, sino un pequeño desliz del alma que muchos no olvidarán. Lo entendí por los mensajes que llegaban, por sus frases que empezaban a llover y rebotar por todos lados. Y eso que era bastante tarde, por la noche, en esas horas en las que empieza a no caber nada más, en tu día, y si se atasca el grifo lo dejas pasar y lo aplazas a mañana. Sin embargo muchos nos paramos, un instante, y nos saltamos un latido del corazón.

Que luego, digámoslo, habíamos tenido años para acostumbrarnos a la idea. Gabo se ha deslizado a la sombra despacio, con cierta timidez, y, en el fondo, de la manera más gentil. Casi absurdo para uno que había escrito la eterna e hiperbólica muerte de la Mamá Grande. Es como si Proust hubiese muerto practicando esquí náutico. Pero, bueno, el tiempo para un adiós indoloro él nos lo dio. Creo que muchos niños lo han leído, estos años, e incluso amado, pensando que ya había muerto (al revés, chicos, a pesar de la apariencia, no morirá nunca). Sin embargo, en el momento final, cuando se ha separado de la vida, silenciosamente como un cromo de los futbolistas de un álbum viejísimo, nos hizo daño, y así ha sido.

A los demás no sé, pero a mí me hizo daño porque yo, a García Márquez, le debo un montón de cosas. Para empezar, los veinte segundos en los que leí por primera vez las últimas líneas de El amor en los tiempos del cólera: tenía alrededor de treinta años y creo que allí dejé, justo en ese instante y para siempre, de tener dudas sobre la vida. Le debo a una frase suya, que un editor seguramente habría cortado, la certeza de que si dios creó el mundo, los hombres luego crearon los adjetivos y los adverbios, transformando una hazaña al fin y al cabo aburridita en una maravilla (no, la frase la guardo para mí). Aprendí de él que escribir es una cuestión de generosidad, un gesto sin vergüenza, una acción imprudente y un reflejo desproporcionado: si no es así, lo que estás haciendo, como mucho, es literatura. Descubrí, leyéndole, que los sentimientos pueden ser repentinos, las pasiones devastadoras, las mujeres infinitas; que los olores no son enemigos, las ilusiones no son errores, y el tiempo, si existe, no es lineal: son todas cosas que no me habían dado como dotación cuando me enviaron a vivir. Le estoy agradecido por la respuesta que, removiéndose medio dormido en su hamaca, el coronel Buendía dio un día cuando le avisaron de que había llegado una delegación del partido para debatir con él sobre la encrucijada que había alcanzado la guerra: “Llevároslos de putas”. Y sobre todo: no conseguiré olvidarle porque no he leído ni una sola página suya sin bailar. Incluso en las páginas feas (las hay) no se deja nunca de bailar. No tenía que ver conmigo, yo no sé bailar, pero él sí, y no había manera de hacerle parar. Y cuando se van aquellos con quienes has bailado, metafóricamente o no, hay algo de tu belleza que se va para siempre.

Debo decir también que durante años amé los libros de García Márquez desde lejos, sin pisar nunca Sudamérica. Luego, una vez acabé en Colombia. Fue un poco como acabar en la cama con una mujer con la que te escribiste cartas durante años. Para entendernos, cuando a los colombianos les citas la expresión “realismo mágico” se echan al suelo de las risas. En cualquier caso no entienden qué significa. Porque lo que nosotros tratamos de definir, ellos lo poseen como desarrollo normal de las cosas, paisaje atávico del vivir, catalogación ordinaria de lo creado. Te paras a charlar diez minutos con un camarero y ya estás en Macondo. Es que somos pobres y habitamos una tierra complicada, me explicó una vez un poeta de allí. Así que las noticias no viajan, el saber se derrite, y todo se lega en la única manera que no tiene obstáculos y no cuesta nada: el relato. Luego, con cierta coherencia, me contó esta historia verdadera (aunque verdadera, lo entendéis, allí es una palabra bastante evanescente). Un pueblo de la costa, para la fiesta grande, contrata a un circo de la capital. El circo se sube a un barco y pone rumbo al pueblo. No lejos de la costa sin embargo naufraga: todo el circo se hunde, y las corrientes se lo llevan. Dos días después, en un pueblo cercano (aunque cercano, allí, significa poco porque si no hay una carretera que parte la selva podrías estar a mil kilómetros), los pescadores salen a recoger las redes. No saben nada del otro pueblo, nada del circo, nada del naufragio. Sacan las redes y se encuentran a un león. No se inmutan. Vuelven a casa. ¿Qué tal ha ido hoy?, le habrán preguntado al pescador, en casa, todos alrededor de la mesa, para la cena. Pues nada, hoy hemos pescado leones.

Nosotros esto lo llamamos “realismo mágico”. Entenderéis bien que esos no entiendan.

En fin, acabé en Colombia y entonces todo me pareció final y cumplido. Sobre todo si se adentra uno en las selvas caribeñas del norte, donde García Márquez nació y donde, invisible y sin fin, demora Macondo. Los cuerpos, los colores, la naturaleza voraz, los olores, el calor, los colores, la indolencia febril, la belleza exagerada, las noches, las soledades, cada piel, cualquier palabra. Cuando volví, tuve que releer todo de cero, y fue como escuchar de una orquesta una música que oí de una guitarra. Ahí entendí que solo hay una manera de bailarla: sudando. Con la camisa empapada, pues, seguiré bailando y no importa si el cromo se ha separado del álbum: son detalles. Tengo los bolsillos llenos de frases de Gabo, y cuando haga falta, en nada encontraré dos luces y un parqué sobre el que dejarme llevar lejos.

Por ALESSANDRO BARICCO para El Pais

La mirada infinita de Gabo

Editor - 14:30

Noches.  Donde estuvo la cuna de Gabriel García Márquez, en Aracataca, ya no hay nada, ni un hueco; si vas solo pasarías por ese sitio como si el erial hubiera sido un trozo de piedra improductiva desde el principio de los tiempos. De pronto un dedo lo señala:

—Ahí nació Gabito, ahí estaba la cuna.

Entonces el hueco alcanza sus fronteras, se hace concreto, un sitio que no existe pero que consigue hacerse un lugar, como si lo estuvieras leyendo en una novela. La leyenda que él mismo dibujó se cierne sobre este espacio y ya entonces la imaginación convoca al telegrafista, a la madre de Gabito, a los abuelos y a los libros, y la casa, que hasta entonces era una nube inscrita en el mapa legendario de la casa del telegrafista donde nació el autor de Cien años de soledad, empieza a tener el aire de sus novelas. La imaginación y la carne, la realidad y lo contado.

Y todo porque has mirado el hueco y el dedo moreno de la chica que cuida la casa ha aclarado de pronto el pasado de ese sitio seco, cerca de los árboles enormes que forman parte del patio y que siguen igual de fantasmales que cuando vivía aquí la familia de Gabo y él era un mocoso.

De pronto, en esa geografía adusta en la que no había nada, una mujer de pelo largo y gris, casi un fantasma, surge desde lo más hondo de esta casa desértica. Si hubiera habido tormenta ella la hubiera detenido con los ojos, su mirada era infinita e indiferente, como las de las mujeres que retrató Gabriel García Márquez; cuando pasó a nuestro lado dejó la sensación de haber sido parte de un huracán íntimo cuyo nombre solo podía haber sido inventado por Gabo.

En Aracataca todo se dice en presente, como en Cien años de soledad. El hielo existe, Gabo estuvo anoche, Soledad vive caminando como si estuviera pisando las páginas en las que vuelan los personajes reales de esta historia de ficción que nació (y que vive) en Aracataca

Entonces preguntamos por ella, por su nombre. Y la muchacha del dedo miró hacia la espalda arrogante de la mujer que se iba y dijo, tan solo:

—Soledad Noches, se llama Soledad Noches.

Era, avanzando, como la noche que se va a ninguna parte; de hecho, no vi que traspasara puerta alguna, era como si se hubiera quedado flotando entre nosotros. Y cuando salimos a la calle polvorienta, camino de la orilla del charco donde una vez hubo (y aún están) las piedras prehistóricas que aparecen en la novela más famosa de García Márquez, vimos a un hombre que se mecía en una silla de madera fina; se fumaba un puro largo, caribeño, y vestía una camisilla blanca y unos pantalones negros como el carbón. La muchacha del dedo dijo:

—Es Nelson Noches, hermano de Soledad. Fue alcalde de Aracataca. Era amigo de Gabo, Gabito para él y para el pueblo. Hacía años que este hijo novelesco del telegrafista de Aracataca no regresaba a su pueblo, pero eso no fue obstáculo para que Nelson dijera, mirando al infinito, aspirando su puro, meciéndose en la silla, bajo el calor y el polvo de la calle de tierra:

—¿Gabito? Anoche estuvo aquí, jugando a las cartas.

Luego fuimos a ver el hielo, la fábrica a la que el abuelo de García Márquez llevó al nieto para dejar en su memoria una de las metáforas que de manera más determinante marcó su obra. Allí estaba el hueco del hielo. La chica del dedo volvió a señalar:

—Y ahí está el hielo.

En Aracataca todo se dice en presente, como en Cien años de soledad. El hielo existe, Gabo estuvo anoche, Soledad vive caminando como si estuviera pisando las páginas en las que vuelan los personajes reales de esta historia de ficción que nació (y que vive) en Aracataca.

Días. Hay una fotografía en la que Gabriel García Márquez está vestido con el mono azul que durante años fue su atuendo de trabajo. Para la calle, chaqueta de espiguilla, botines; para trabajar, el mono, el hombre descalzo ante la máquina de escribir.

En esta ocasión su contertulio es Juan Carlos Onetti, que sostiene un cigarrillo demediado. Están pensativos ambos, a García Márquez se le ve como es, como quedará en la memoria de los que lo tuvieron cerca: un hombre que atiende y pregunta, y su mirada es la de un hombre melancólico que escucha como si estuviera en otro mundo y hubiera sido despertado para ser de este mundo.

En Estocolmo, cuando aquel alboroto del Nobel, lo rodeaban cientos de colombianos que celebraron con él, y con flores amarillas enviadas desde Colombia y desde Barcelona, y él parecía feliz con la rumba. Pero había siempre algo en esta mirada que convocaba la melancolía, y esta es la que se ve en este retrato en el que comparte espacio con Onetti.

Como si se le nublara el día o tuviera en su mente una cuestión pendiente, una pesadumbre, García Márquez siempre tenía ese aire. Está, por ejemplo, en el retrato más famoso de los que se le hicieron cuando era un joven periodista y hablaba por teléfono quizá desde Barranquilla. Gabo no era una caja de risas, era una caja de preguntas; alrededor reían, él miraba, su mirada siempre fue infinita.

Quien se fije en su mirada, incluso cuando saca la lengua (en un célebre retrato de Indira Restrepo) o cuando aparece en las fotografías aplaudiendo a sus amigos (Álvaro Mutis, Carlos Fuentes…) encontrará en esa mirada de Gabo un aire de pesar que la vida le fue acentuando, hasta que al final, cuando su memoria ya fue más que nada un extravío, recuperó al muchacho que llevaba dentro y comenzó a comportarse como si no tuviera asuntos pendientes, ni un argumento, ni un artículo, ni una novela, nada, ni siquiera un horizonte incomprensible. Como si la edad (y el tiempo, y lo que este se llevó consigo) se hubieran detenido para que no hiciera falta nombrarlos.

Entonces se hizo solícito y disponible, iba y venía en la casa ofreciendo sus servicios, sonriendo. Parecía el niño del que habla en sus memorias de la infancia, y ejercía de conmovedor anfitrión hasta de aquellos que convivían con él. Por un teléfono de grandes números se aprestaba a pedir hielo para los invitados, atendía a las conversaciones y, cuando ya creía haber hilado del todo el asunto que las convocaba, decía lo más apropiado, lo que él consideraba que era eficaz en el momento al que habían llegado los otros conversando.

Quien se fije en su mirada encontrará un aire de pesar que la vida le fue acentuando, hasta que al final, cuando su memoria ya fue más que nada un extravío, recuperó al muchacho que llevaba dentro y comenzó a comportarse como si no tuviera asuntos pendientes

Salía a la calle, a despedirnos, y hablaba, otra vez, con los que vigilaban el tránsito de los garajes. Durante un tiempo la conversación empezaba así: “Ven acá…”. Ya entonces Gabo decía eso con una sonrisa, como si esperara que alrededor los demás le dieran pie para saber de qué iba la vaina, pero ya sus preguntas no eran sobre la política, o España, o los amigos comunes. Se quedó sin respuestas, repitió las preguntas, pero se animó su cara, como si regresara a la tierra, acaso al lugar donde cada día lo esperaba Nelson.

Noches en Aracataca. Una de esas noches Mercedes, su mujer, nos llevó con él a un bar de ritmos caribeños; atendía como si no hubiera otra cosa que mirar en el mundo. Sus manos, que ya tenían las manchas de la edad, seguían el ritmo con los dedos y a veces se echaba hacia atrás, como en las fotografías en las que se ve cómo espera que le pregunten. Con respecto a aquella foto con Onetti, y a tantas que le hicieron, lo que era evidente era que ahora sonreía como si bailara en los días polvorientos de Aracataca. Risa. Era un tímido de los mil demonios. Una vez, avanzado el tiempo, nos llamó por teléfono, en Bogotá. Un amigo suyo muy querido pretendió hacerlo hablar en un acto público: la presentación de un libro. Lo colocó incluso entre los convocados, su nombre impreso.

García Márquez no podía estar más furioso. Él no hablaba en público, no sabría qué decir. Una vez leyó un cuento en Madrid, eso fue todo. Y en las conversaciones dejaba que los otros dijeran, él introducía (como decía Borges sobre sí mismo) “unos sabios silencios”. Su timidez no era impostada, era verdad, una enfermedad probablemente congénita.

Para romper el hielo, en su primera casa de Barcelona, en la calle Caponata, había dispuesto una carcajada pregrabada que se activaba cuando el visitante traspasaba la puerta. Hecha la carcajada, ya había por donde empezar, así que la conversación comenzaba como si él y quien había irrumpido llevaran horas hablando.

Cuando lo atacó el cáncer hizo un viaje a Madrid; atribulado por la química, dormía cada vez que podía, dormitaba. Una de esas veces lo acompañamos a la sierra de Madrid; iba en el coche, durmiendo, hasta que llegó al lugar, lo esperaban estudiantes de Periodismo, él iba a hablarles de Noticia de un secuestro, su reportaje. Como si hubiera roto con el dolor del tiempo, y con la pesadumbre, e incluso con la melancolía que produce ser el mayor de todos, siendo aún el mejor de los periodistas, Gabo se sentó entre los muchachos y comenzó a hablar. Hubiera estado cien años hablando de periodismo, como si el periodismo fuera lo contrario de la soledad.

Una vez, ante una de las ventanas de su agente Carmen Balcells, en Barcelona, lo vi hacer figuras con el pan, pacientemente, sus manos livianas y ya llenas de las manchas de la edad. Esa mirada era también la que se ve en las fotos. Por decirle algo le dije que quería entrevistarlo otra vez alguna vez, “no me quiero morir sin hacerte una entrevista”. Veloz como era dijo: “Pues no te mueras”. A él no le gustaban las entrevistas porque le gustaba hacer las preguntas.

La Paris Review envió en 1981 a Peter H. Stone a entrevistarlo, cuando ya había escrito un libro legendario; Stone le preguntó qué estaba haciendo. Le respondió: “Estoy absolutamente convencido de que escribiré todavía el mejor libro de mi vida, pero no sé cuál será ni cuándo lo escribiré. Cuando siento algo así —y hace un tiempo que lo siento— me quedo muy quieto para poder atraparlo si llega a pasar junto a mí”.

Para romper el hielo, en su primera casa de Barcelona había dispuesto una carcajada pregrabada que se activaba cuando el visitante traspasaba la puerta

Es probable que esa larga mirada infinita estuviera siempre quieta como él, pendiente de ese latido, al menos debió ser así desde que escribió su novela más abrumadora.

El legado universal de García Márquez y el amor de los lectores

Editor - 13:30

No sabemos aún qué dirá el porvenir, pero gracias a las características de esta época, García Márquez ha demostrado su capacidad de cautivar a gentes de muchas culturas.

Era medianoche cuando se abrió la puerta del apartamento bogotano donde celebrábamos la première de la obra Diatriba de amor contra un hombre sentado, y García Márquez apareció con una noticia en los labios: “¡Acaban de matar a Luis Donaldo Colosio!”. Luz Marina Rodas, la gerente del teatro, me había invitado esa tarde al estreno añadiendo con incertidumbre que a lo mejor tendríamos la presencia del autor.

El autor no se había dejado ver en el teatro, aunque alguien después contó que, apagadas las luces, su silueta se había instalado en la última fila. Los invitados salimos después para la casa de la fiesta, con Laura García, la protagonista del monólogo, el director, Ricardo Camacho, y otros amigos. Ya nos habíamos hecho a la idea de no verlo, cuando García Márquez llegó con la noticia. Venía tarde porque había estado hablando por teléfono con Carlos Fuentes y otros amigos de México.

Yo lo había leído desde mis quince años, pero no lo contaba entre los humanos a los que fuera posible conocer, sino entre los clásicos de la literatura; para mí pertenecía más a la leyenda que al mundo físico. Cien años de soledad había conmocionado nuestras letras y había iniciado en la literatura a varias generaciones. Salvo Jorge Isaacs, Vargas Vila, José Asunción Silva y José Eustasio Rivera, los escritores colombianos eran hasta entonces glorias locales; pero Gabo había triunfado en el mundo entero: no solo lo leían en inglés y en francés, lo leían en húngaro, en mandarín, en lituano, en tamil, en japonés, en árabe. Y cuando en 1982 le llegó el premio Nobel, hacía mucho ya que era uno de los novelistas más afamados del mundo.

Yo incluso sentía que la fama presente de Gabo era mayor que la de todos sus congéneres. En vida, Shakespeare solo fue conocido por los londinenses que frecuentaban el teatro; Voltaire y Goethe tuvieron en su tiempo una fama escasamente europea; Cervantes tardó siglos en llegar a Alemania o a Rusia, aunque acabaría por fascinar a Heine y a Tolstoi, a Thomas Mann, a Dostoievski y a Kafka.

En Panamá, Jorge Ritter se encontró un día con García Márquez y le preguntó por la novela en la que estaba trabajando. “Ya está lista”, le contestó Gabo, “sólo falta escribirla”

Aquella noche tuve el privilegio de conocer a la mayor leyenda de nuestra literatura, pero lo que más me sorprendió fueron su sencillez y su cercanía. Cuando nos sentamos frente a frente a la mesa, le conté que por casualidad había releído Cien años de soledad unos días atrás y que un episodio me había impresionado especialmente. Quiso saber cuál, y le hablé del momento en que el coronel Aureliano Buendía vuelve derrotado a Macondo y, enfermo, en una celda, recibe la visita de su madre.

Me conmovió que ella permaneciera un rato visitándolo en completo silencio, mientras él yacía en su catre, con los brazos extendidos hacia atrás por el dolor de las axilas inflamadas. Ese silencio entre dos seres que tenían tanto que decirse, y que tanto se asemejaban en su voluntad obstinada y en su capacidad de poner a los demás a girar a su alrededor, me parecía muy elocuente.

En ese episodio, cuando Úrsula va a retirarse, le dice bruscamente: “Te traje un revólver”. “No me va a servir de nada —responde el coronel— pero déjelo, porque la van a requisar a la salida”. Gabo iba repitiendo los diálogos a medida que yo los recordaba, y pasé a la escena siguiente, cuando los soldados sacan a Aureliano de su celda para conducirlo al paredón, por el camino del cementerio. De repente se abre la ventana de la casa donde vive su hermano con Rebeca Buendía, José Arcadio sale con un rifle, encañona a los hombres del pelotón de fusilamiento, que en realidad sienten alivio porque no quieren matar al coronel, y salva a su hermano en el último instante.

Gabo me hizo entonces una revelación: “Fíjate que en mis planes el coronel iba a morir fusilado, y era allí donde lo ejecutaban. Por eso la novela comienza con el momento en que el coronel, frente al pelotón de fusilamiento, recuerda aquel episodio de su infancia en que su padre los llevó a conocer el hielo. Pero cuando estaba contando cómo lo llevaban los soldados hacia el cementerio, recordé que en esa calle vivía José Arcadio, y ocurrió algo que yo no tenía previsto: el hermano tomó el fusil, salió de la casa, y salvó al coronel”.

Los chinos sienten que Cien años de soledad revela rasgos poderosos de su cultura, y su traductora al húngaro ha revelado que García Márquez retrata bien la vida de las aldeas de Hungría y el carácter de sus habitantes

Aquella confidencia literaria marcó el comienzo de mi amistad con García Márquez, pero al mismo tiempo empezó a modificar la idea que yo tenía de su literatura. Para mí, Gabo era un autor diestro y fascinante, con un dominio extraordinario del arte de contar, y un control absoluto de sus argumentos: allí comprendí que su aventura creadora seguía otro curso, que el escritor estaba siempre dispuesto a dejarse sorprender por sus personajes y no sabía previamente cómo terminaría su relato.

En Panamá, Jorge Ritter se encontró un día con García Márquez y le preguntó por la novela en la que estaba trabajando. “Ya está lista”, le contestó Gabo, “solo falta escribirla”. Parece una frase traviesa pero está llena de sentido. Dasso Saldívar y Gerald Martin han contado cómo trabajó García Márquez por años en borradores de Cien años de soledad, esa novela que originalmente iba a llamarse La Casa. Sería fascinante encontrar esos borradores donde Gabo definió sin duda los personajes, los episodios, la atmósfera del pueblo, el plano de la casa, las historias de la compañía bananera, el recuerdo de los gitanos, las damas francesas, las lluvias eternas y los aparatos de música de un muchacho italiano, pero yo sé que la principal sorpresa sería que en esos borradores no está Cien años de soledad.

Gabo podía conocer la historia que iba a contar, el mundo donde esa historia ocurría, los personajes y los episodios, pero todavía no tenía lo principal: la entonación, el ritmo del relato, el modo como el hilo saldría de la madeja para convertir esa abigarrada realidad que había en su memoria, ese universo caribeño de personajes disparatados, acontecimientos insólitos y climas delirantes, en el árbol de las razas y en la locura de relojes que hicieron de Macondo una de las comarcas más memorables de la imaginación literaria.

Es esa entonación, esa magia del lenguaje, lo que le dio a García Márquez su perfil inconfundible entre los autores de nuestra época. Los biógrafos siempre vuelven a contarnos que fue al emprender con su mujer y con sus hijos aquel viaje a Cuernavaca, cuando Gabo, que conducía el automóvil, sintió llegar la frase que desenredó la madeja y le mostró, como una epifanía, cuál era el tono, el ritmo que le iba a permitir contarlo todo, ir del comienzo al fin de su biblia pagana del Caribe. Dio media vuelta, volvió a la casa, y se encerró por meses a escribir su novela.

Amos Oz nos ha recordado que las primeras palabras de una obra literaria son mucho más que un comienzo: son una clave, un conjuro: son el hallazgo más importante, el de la entonación, la decisión de quién cuenta la historia. Marcan la pauta del ritmo de la narración, y definen la atmósfera, la perspectiva del relato, la fuerza de su impulso. Así que García Márquez sabe como nadie que aquella frase: “Ya está lista: solo falta escribirla”, significa “tengo todo en mí, pero aún no sé convertirlo en relato, tengo ya la pasión, pero falta la música, tengo el magma primitivo que conformará la obra, pero todavía falta la creación”.

Tiempo después de aquel primer encuentro, le pregunté a Gabo cómo habían sido los días en que se encerró a crear Cien años de soledad. Me atreví a decirle: “En otros libros tuyos se siente el trabajo genial de un escritor, su labor de investigación, su esfuerzo de creación, pero en Cien años de soledad no se siente trabajo alguno, el narrador es un surtidor inagotable y parece que los prodigios fluyeran sin esfuerzo”. “Se me ocurrían sin cesar tantas cosas”, me respondió, “que si hubiera tenido más dinero la novela habría durado otras doscientas páginas”. Siento que en ese trance creador está uno de los secretos de la magia de García Márquez.

Nunca está lejos de los hechos, nunca se pierde en divagaciones teóricas, en rastreos psicológicos o en largas explicaciones. Por lo general son los hechos los que tienen que explicarse a sí mismos

Dicen que un clásico es aquel autor que logra tener vigencia y sentido para lectores de muchas culturas y de muchas edades distintas. Por eso tarda en saberse cuando alguien es un clásico, pues no solo tiene que cautivar a gentes de muchas tradiciones culturales, sino de muchos siglos.

No sabemos aún qué dirá el porvenir, pero gracias a las características de esta época, García Márquez ha demostrado su capacidad de cautivar a gentes de muchas culturas. No se trata solamente de que lo aprecien chinos y rusos, iraníes y norteamericanos, franceses y sudafricanos, japoneses y húngaros. Se trata de algo más curioso: del modo como los chinos sienten que revela rasgos poderosos de su cultura, del modo como su traductora al húngaro ha revelado que García Márquez retrata bien la vida de las aldeas de Hungría y el carácter de sus habitantes. Alguien afirmó que la literatura árabe ha cambiado bajo su influencia, y ello se puede decir de muy pocos autores modernos en español.

Me gusta recordar que la primera vez que lo vi, Gabo apareció con una noticia en los labios, porque creo que ese carácter de periodista ha influido positivamente en su literatura. Hay siempre en ella un costado noticioso: su estilo siempre nos está informando algo. Sus párrafos tienen la claridad, la concisión, y a menudo el impacto de las noticias. Su voz no parece corresponder a los meandros de una conciencia o a los laberintos del estilo literario, sino a los relatos populares y a los rumores de una comunidad. Tiene más en común con la Biblia y con las Mil y una noches, que con las obsesivas aventuras verbales de Joyce o de Marcel Proust.

Nunca está lejos de los hechos, nunca se pierde en divagaciones teóricas, en rastreos psicológicos o en largas explicaciones. Por lo general son los hechos los que tienen que explicarse a sí mismos. Es el lector quien debe averiguar, si le interesa, por qué el coronel Aureliano Buendía, hastiado de guerras, se dedica a fabricar pescaditos de oro; por qué Rebeca termina encerrada lejos del mundo. García Márquez cree más en los hechos que en las explicaciones, y siempre fue escéptico con las interpretaciones de los críticos y con las teorías de los académicos, porque sabe que la fuente de las obras es misteriosa, que lo que escribimos es menos un fruto del esfuerzo que un don de lo desconocido.

Eso hace que sus personajes sean seres de carne y hueso y no prototipos o esquemas. Eso permite que al alcalde del pueblo le duela una muela, que una anciana que ha sido orientadora de la historia y dueña de los destinos termine convertida en el desvalido juguete de sus nietos; que un ángel decrépito tenga ruidos en los riñones; que una mujer indescifrable pase sus últimos años tejiendo su propia mortaja; que finalmente cada personaje esté solo, viviendo su aventura impredecible y casi siempre inexplicable.

Ese carácter sorprendente de sus situaciones y de sus personajes podría ser una de las claves de la vitalidad de su prosa. Quiero decir que las invenciones demasiado gobernadas por el pensamiento y por la voluntad terminan siendo predecibles: la razón vive de inventos y de esquemas, crea cosas para que sirvan a determinados fines. Los inventos de la intuición son más misteriosos: van apareciendo como flores de duende, no obedecen a una finalidad evidente, se bastan con su propio milagro y suelen ignorar el desenlace.

Se dice que uno de los secretos de la Biblia es su extraña capacidad de aliar la sencillez con la sublimidad, de decir lo más profundo de la manera más sencilla. García Márquez es uno de esos autores que satisface por igual al crítico más exigente, y a lectores que nunca han leído otro libro. Tiene el don de lo que es a la vez claro, ameno y misterioso.

Él mismo ha dicho que lo que encontró aquel día, por la ruta de Cuernavaca fue el tono de la voz de su abuela, la capacidad de decir las cosas más inverosímiles con la cara de palo de quien las cree de verdad. Sus obras parecen derivar de la tradición oral. Como los poemas, quieren ser dichas en voz alta, porque tienen mucho de la virtud sonora del lenguaje. Y también la huella del periodismo está presente allí: la necesidad de un lenguaje que no se aleje del habla común, que esté en diálogo con la actualidad y con el habla cotidiana.

García Márquez no es solo un autor leído sino un autor amado. Quiero recordar finalmente una anécdota que él mismo ignora. Lo acompañé una vez a la librería Gandhi, en Ciudad de México. Gabo había estado enfermo y las gentes lo sabían. Mientras recorríamos los estantes se fue formando silenciosamente, como siempre, una fila de personas que lo esperaban para que firmara sus libros. Me pidió que le avisara cuando hubiera transcurrido cierto tiempo. De pronto vi algo conmovedor. Mientras allá, al fondo, García Márquez firmaba los libros, un par de señoras, a sus espaldas, y sin que él se diera cuenta, lo bendecían.

William Ospina es escritor colombiano. Premio Rómulo Gallegos por su obra El país de la canela.

¿Por qué García Márquez tuvo que asilarse en México?

Editor - 11:00

La expedición del Estatuto de Seguridad por el Presidente Julio Cesar Turbay como respuesta represiva al robo de armas del Cantón norte por el M-19 forzó a Gabo a salir del país.

En la última semana de marzo de 1981, Gabriel Garcia Márquez, con Mercedes Barcha, su esposa, viajó a México, ante la inminencia de una detención por parte del Ejercito Colombiano, que sospechaba que tenia vínculos con el M-19, en el gobierno de Julio Cesar Turbay, fueron varios los intelectuales, que fueron detenidos y atropellados, entre ellos Luis Vidales, la Pianista Teresita Gomez y la escultora Feliza Bursztyn, el siguiente es un texto de García Márquez publicado en EL PAÍS de España, a la semana del incidente.

Punto final a un incidente ingrato

Nunca, desde que tengo memoria, he dado las gracias por un elogio escrito ni me he contrariado por una injuria de Prensa. Es justo cuando uno se expone a la contemplación pública a través de sus libros y sus actos, como yo lo he hecho, los lectores deben disfrutar del privilegio de decir lo que piensan, aunque sean pensamientos infames. Por eso renuncié hace mucho tiempo al derecho de réplica y rectificación -que debía considerarse como uno de los derechos humanos- y, desde entonces, en ningún caso y ni una sola vez en ninguna parte del inundo he respondido a ninguno de los tantos agravios que se me han hecho, y de un modo especial en Colombia. Me veo obligado a permitirme ahora una sola excepción, para comentar los dos argumentos únicos con que el Gobierno ha querido explicar mi intempestiva salida de Colombia la semana pasada. Distintos funcionarios, en todos los tonos y en todas las formas, han coincidido en dos cargos concretos. El primero es que me fui de Colombia para darle una mayor resonancia publicitaria a mi próximo libro. El segundo es que lo hice en apoyo de una campaña internacional para desprestigiar al país. Ambas acusaciones son tan frívolas, además de contradictorias, que uno se pregunta escandalizado si de veras habrá alguien con dos dedos de frente en el timón de nuestros destinos.

La única desdicha grande que he conocido en mi vida es el asedio de la publicidad. Esto, al contrario de lo que creo merecer, me ha condenado a vivir como un fugitivo No asisto nunca a actos públicos ni a reuniones multitudinarias, no he dictado nunca una conferencia, no he participado ni pienso participar jamás en el lanzamiento de un libro, les tengo tanto miedo a los micrófonos y a las cámaras de televisión como a los aviones, y a los periodistas les consta que cuando concedo una entrevista es porque respeto tanto su oficio que no tengo corazón para decirles que no.

Esta determinación de no convertirme en un espectáculo público me ha permitido conquistar la única gloria que no tiene precio: la preservación de mi vida privada. A toda hora, en cualquier parte del mundo, mientras la fantasía pública me atribuye compromisos fabulosos, estoy siempre en el único ambiente en que me siento ser yo mismo: con un grupo de amigos. Mi mérito mayor no es haber escrito mis libros, sino haber defendido mi tiempo para ayudar a Mercedes a criar bien a nuestros hijos. Mi mayor satisfacción no es haber ganado tantos y tan maravillosos amigos nuevos, sino haber conservado, contra los vientos más bravos, el afecto de los más antiguos. Nunca he faltado a un compromiso, ni he revelado un secreto que me fuera confiado para guardar, ni me he ganado un centavo que no sea con la máquina de escribir. Tengo convicciones políticas claras y firmes, sustentadas, por encima de todo, en mi propio sentido de la realidad, y siempre las he dicho en público para que pueda oírlas el que las quiera oír. He pasado por casi todo en el mundo. Desde ser arrestado y escupido por la policía francesa, que me confundió con un rebelde argelino, hasta quedarme encerrado con el papa Juan Pablo II en su biblioteca privada, porque él mismo no lograba girar la llave en la cerradura. Desde haber comido las sobras de un cajón de basuras en París, hasta dormir en la cama romana donde murió el rey don Alfonso XIII. Pero nunca, ni en las verdes ni en las maduras, me he permitido la soberbia de olvidar que no soy nadie más que uno de los 16 hijos del telegrafista de Aracataca. De esa lealtad a mi origen se deriva todo lo demás: mi condición humana, mi suerte literaria y mi honradez política.

He dicho alguna vez que todo honor se paga, que toda subvención compromete y que toda invitación se queda debiendo. Por eso he sido siempre tan cuidadoso en mi vida social. Nunca he aceptado más almuerzos que los de mis amigos probados. Hace muchos años, cuando era crítico de cine y estaba sometido a la presión de los exhibidores, conservaba siempre el pase de favor para demostrar que no había sido usado, y pagaba la entrada. No acepto invitaciones de viajes con gastos pagados.

El boleto de nuestro vuelo a México de la semana pasada -a pesar de la gentil resistencia de la embajadora de aquel país en Colombia- lo compramos con nuestro dinero. Pocos días antes, sin consultarlo conmigo, un amigo servicial le había pedido al alcalde de Bogotá que hiciera cambiar el horario del racionamiento eléctrico en mi casa, pues coincidía con mi tiempo de trabajo, y tengo un estudio sin luz natural y una máquina de escribir eléctrica. El alcalde le contestó, con toda la razón, que Balzac era mejor escritor que yo y, sin embargo, escribía con velas. Al amigo que me lo contó indignado le repliqué que el señor alcalde cumplió con su deber, y que contestó lo que debía contestar.

La gente que me conoce sabe que esta es mi personalidad real, más allá de la leyenda y la perfidia, y que si quedé mal hecho de fábrica ya es demasiado tarde para volverme a hacer nuevo. De modo que no ilustres oligarcas de pacotilla: nadie se construye una vida así, con las puras uñas, y con tanto rigor minuto a minuto, para salir de pronto con el chorro de babas de asilarse y exiliarse sólo para vender un millón de libros, que además ya estaban vendidos.

El segundo cargo, de que me fui de Colombia con el único propósito de desprestigiar al país, es todavía ni menos consistente. Pero tiene el mérito de ser una creación personal del presidente de la República, aturdido por la imagen cada vez más deplorable de su Gobierno en el exterior. Lo malo es que me lo haya atribuido a mí, pues tengo la buena suerte de disponer de dos argumentos para sacarlo de su error.

El primero es muy simple, pero quiero suplicar que lo lean con la mayor atención, porque puede resultar sorprendente. Es este: en ninguna de mis ya incontables entrevistas a través del mundo entero -hasta ahora- no había hecho nunca ninguna declaración sobre la situación interna de Colombia. Ni había escrito una palabra que pudiera ser utilizada contra ella. Era una norma moral que me había impuesto desde que tuve conciencia del poder indeseable que tenía entre manos, y logré mantenerla, contra viento y marea, durante casi 30 años de vida errante. Cada vez que quise hacer un comentario sobre la situación interna de Colombia lo vine a hacer dentro de ella o a través de nuestra prensa. El que tenga una evidencia contra esta afirmación le suplico que la haga conocer de inmediato, de un modo serio e inequívoco y con pruebas terminantes. Pues también suplico a mis lectores que si esas pruebas no aparecen, o no son convincentes, lo consideren y proclamen desde ahora y para siempre como un reconocimiento público de mi razón.

El segundo argumento es todavía más simple, y no ha dependido tanto de mí como de la fatalidad. Es este: tengo el inmenso honor de haberle dado más prestigio a mi país en el mundo entero que ningún otro colombiano en toda su historia, aún los más ilustres, y sin excluir, uno por uno, a todos los presidentes sucesivos de la República. De modo que cualquier daño que le pueda hacer mi forzosa decisión lo habría derrotado yo mismo de antemano, y también a mucha honra.

En realidad, el Gobierno se ha atrincherado en esas dos acusaciones pueriles, porque en el fondo sabe que mi sentido de la responsabilidad me impedirá revelar los nombres de quienes me previnieron a tiempo. Sé que la trampa estaba puesta y que mi condición de escritor no me iba a servir de nada, porque se trataba precisamente de demostrar que para las fuerzas de represión de Colombia no hay valores intocables. O como dijo el general Camacho cuando apresaron a Luis Vidales: «Aquí no hay poeta que valga». Mauro Huertas Rengifo, presidente de la Asamblea del Tolima, declaró a los periodistas y se publicó en el mundo entero que el Ejército me buscaba desde hacía diez días para interrogarme sobre supuestos vínculos con el M-19. El único comentario que conozco sobre esa declaración lo hizo un alto funcionario en privado: «Es un loquito». En cambio, el primer guerrillero que se declaró entrenado en Cuba provocó, de inmediato, la ruptura de relaciones con ese país. Pero hay algo no menos inquietante: a la medianoche del miércoles pasado, cuando mi esposa y yo teníamos más de seis horas de estar en la Embajada de México en Bogotá, el Gobierno colombiano fue informado de nuestra decisión, y de un modo oficial, a través del secretario general de la cancillería colombiana, el coronel Julio Londoño. A la mañana siguiente, cuando la noticia se divulgó contra nuestra voluntad, los periodistas de radio entrevistaron por teléfono al canciller Lemos Simonds y éste no sabía nada. Es decir: casi ocho horas después aún no había sido informado por su subalterno. El ministro de Gobierno, aún más despalomado, llegó hasta el extremo de desmentir la noticia. La verdad es que las voces de que me iban a arrestar eran de dominio público en Bogotá desde hacía varios días y -al contrario de los esposos cornudos- no fui el último en conocerlas. Alguien me dijo: «No hay mejor servicio de inteligencia que la amistad». Pero lo que me convenció por fin de que no era un simple rumor de altiplano fue que el martes 24 de marzo, en la noche, después de una cena en el palacio presidencial, un alto oficial del Ejército la comentó con más detalles. Entre otras cosas dijo: «El general Forero Delgadillo tendrá el gusto de ver a García Márquez en su oficina, pues tiene algunas preguntas que hacerle en relación con el M-19». En otra reunión diferente, esa misma noche, se comentó como una evidencia comprometedora un viaje que Mercedes y yo hicimos de Bogotá a La Habana, con escala en Panamá, del 28 de enero al 11 de febrero. El viaje fue cierto y publicar, como los tres o cuatro que hacemos todos los años a Cuba, y el motivo fue una reunión de escritores en la Casa de las Américas, a la cual asistieron también otros colombianos. Aunque sólo hubiera sido por la suposición escandalosa de que ese viaje tuvo alguna relación con el posterior desembarco de guerrilleros, habría tomado precauciones para no dejarme manosear por los militares. Pero hay más, y estoy seguro de que el tiempo lo irá sacando a flote.

La forma en que la Prensa oficial ha tratado el incidente está ya sacando algunas, y más de lo que parece.

Ha habido de todo para escoger. Jaime Soto -a quien siempre tuve como un buen periodista y un viejo amigo a quien no veo hace muchos años- explicó mi viaje en la forma más boba: «El que la debe la teme». Sin embargo, el comentario más revelador se publicó en la página editorial de El Tiempo, el domingo pasado firmado con el seudónimo de Ayatola. No sé a ciencia cierta quién es, pero el estilo y la concepción de su nota lo delatan como un retrasado mental que carece por completo del sentido de las palabras, que deshonra el oficio más noble del mundo con su lógica de oligofrénico, que revela una absoluta falta de compasión por el pellejo ajeno y razona como alguien que no tiene ni la menor idea de cuán arduo y comprometedor es el trabajo de hacerse hombre.

A pesar de su propósito criminal, es una nota importante, pues en ella aparece por primera vez, en una tribuna respetable de la Prensa oficial, la pretensión de establecer una relación precisa, incluso cronológica, entre mi reciente viaje a La Habana y el desembarco guerrillero en el sur de Colombia. Es el mismo cargo que los militares pretendían hacerme, el mismo que me dio la mayoría de mis informantes, y del cual yo no había hablado hasta entonces en mis numerosas declaraciones de estos días. Es una acusación formal. La que el propio Gobierno trató de ocultar, y que echa por tierra, de una vez por todas, la patraña de la publicidad de mis libros y la campaña de desprestigio internacional. Ahora se sabe por qué me buscaban, por qué tuve que irme y por qué tendré que seguir viviendo fuera de Colombia, quién sabe hasta cuándo, contra mi voluntad.

No puedo terminar sin hacer una precisión de honestidad. Desde hace muchos años, el tiempo ha hecho constantes esfuerzos por dividir mi personalidad: de un lado, el escritor que ellos no vacilan en calificar de genial, y del otro lado, el comunista feroz que está dispuesto a destruir a su patria. Cometen un error de principio: soy un hombre indivisible, y mi posición política obedece a la misma ideología con que escribo mis libros. Sin embargo, el tiempo me ha consagrado con todos los elogios como escritor, inclusive exagerados, y al mismo tiempo me ha hecho víctima de todas las diatribas, aun las más infames, como animal político.

En ambos extremos, el tiempo ha hecho su oficio sin que yo haya intentado nunca ninguna réplica de ninguna clase, ni para dar las gracias ni para protestar. Desde hace más de treinta años, cuando todos éramos jóvenes y creíamos -como yo lo sigo creyendo- que nada hay más hermoso que vivir, he mantenido una amistad fiel y afectuosa con Hernando y Enrique Santos Castillo -a quienes quiero bien a pesar de nuestra distancia, porque he aprendido entenderlos bien- y con Roberto García Peña, a quien tengo por uno de los hombres más decentes de nuestro tiempo. Quiero suplicarles que digan a sus lectores si alguna vez les he hecho un reclamo por las injurias de su periódico, si alguna vez he rectificado en público o en privado cualquiera de sus excesos, o si éstos han alterado de algún modo mi sentido de la amistad. No; he tenido la buena salud mental de tratarlos como si ellos no tuvieran nada que ver con un periódico que siempre he visto como un engendro sin control que se envenena con sus propios hígados. Sin embargo, esta vez el engendro ha ido más allá de todo límite permisible y ha entrado en el ámbito sombrío de la delincuencia. Me pregunto, al cabo de tantos años, si yo también no me equivoqué al tratar de dividir la personalidad de sus domadores.

De modo que todo este ingrato incidente queda planteado, en definitiva, como una confrontación de credibilidades. De un lado está un Gobierno arrogante, resquebrajado y sin rumbo, respaldado por un periódico demente cuyo raro destino, desde hace muchos años, es jugárselas todas por presidentes que detesta. Del otro lado estoy yo, con mis amigos incontables, preparándome para iniciar una vejez inmerecida, pero meritoria. La opinión pública, no tiene más que una alternativa: ¿A quién creer? Yo, con mi paciencia sin término, no tengo ninguna prisa por su decisión. Espero.

Gabriel García Márquez. 8 de abril 1981
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