CAMBIEMOS
EL MUNDO
Esta
ha sido una de las preguntas fundamentales que el hombre se ha hecho,
especialmente desde cuando el sistema de producción mercantil se impuso en el
mundo occidental y al mundo, lo que ha significado para los historiadores “revoluciones”
que han marcado el ritmo del “desarrollo”. Desde luego, la pregunta no solo es
provocada por la relación del hombre con el mundo de las cosas que, salidas del
campo productivo, se convierten en mercancías y estas en dinero, sino y,
centralmente, en la relación del hombre con la naturaleza.
Herbert
Marcuse en su libro Razón y Revolución
lo ha dicho de manera contundente: cuando la modernidad impuso en el mundo
social el reinado de la razón, la naturaleza se volvió racional y por este
camino fue colocada al servicio del hombre como su “despensa”. En otros
términos la naturaleza se convirtió en objeto para, en virtud de ello,
manipularla, alterarla, adocenarla. Y hoy hablamos de cambio climático, del
fenómeno de la niña, de sequías, de tragedias invernales, y otros fenómenos
naturales, buena parte de ellos producto de la acción civilizadora del hombre
en su monólogo con la naturaleza. Y, entonces el hombre, pero el desprotegido
de los bienes materiales de la civilización mercantil, el que padece la
tragedia: hambrunas, avalanchas, destrucción de su hábitat, es el que queda en
el medio. Entonces la pregunta de cambiar el mundo es de ellos, por que los
otros ya lo hicieron y lo pusieron a su servicio. Por este camino, la pregunta
se convierte en grito, por que “ante la mutilación de la vida humana provocada
por el capitalismo, un grito de tristeza, un grito de horror, un grito de
rabia, un grito de rechazo, (es decir): ¡NO!”, como bien lo dice John Holloway
en su libro Cambiar el mundo sin tomar el
poder.

Este
proceso civilizatorio de Occidente ha traído consigo otra tragedia de iguales
proporciones: el hombre concebido como ser social en cuanto hace parte del
mundo relacional de la sociedad, pensada entre iguales, ha dejado de serlo.
Ahora la impronta es la del individualismo. El sujeto ha muerto para dar
nacimiento a un individuo el cual se valora en el mundo de la competencia,
donde el sentido de comunidad desaparece para dar cabida a otros conceptos
tales como eficiencia y eficacia.
Y, entonces, se habla de la guerra del mercado, la cual da cuenta de la
búsqueda incesante de compradores en el mundo desigual de una multitud
estratificada por los "ingresos pecuniarios”. Por tanto quienes no clasifican en
esa relación, están por fuera del mercado, no existen para él. Son los
excluidos, los que se ubican en las periferias de las grandes urbes, con
servicios públicos deficientes y en zonas de alto riesgo. La lectura de ese
cuadro, desde el mercado, pudiera ser “como no existen para mi, su tragedia no
me conmueve”. Pero esta población tiene viva en su conciencia colectiva, el
sentido de lo comunitario, expresado en otra economía basada en el trueque,
como sucedió en la Buenos Aires del “corralito”.
La
magia del sistema que domina el mundo es inacabable. Ahora los organismos
internacionales dicen que ganar dos millones de pesos hace del trabajador un
“millonario”, palabreja que simboliza bienestar, capacidad de compra, en
últimas la felicidad que brinda el mundo mercantil. Pero de otro lado, pudiera
ser el empobrecimiento de la sociedad en su conjunto, pues quien gana el
salario mínimo ya no es pobre sino clase media, la cual, en cierto sentido,
siguiendo el análisis anterior, queda en el borde del mundo del mercado. Para
ellos, éste reacciona y montas en los paraísos de las “maquilas” fábricas de
productos baratos, donde los obreros ganan salarios de hambre, asinados en
edificios que se derrumban, a la par que mueren sus esperanzas, pero no la de
los dueños de estos establecimientos llamados “industriales” quienes se lucran
del hambre y la necesidad de una población sin trabajo.
Entonces,
no es solo la relación hombre-naturaleza la que está en entredicho, es la misma
relación hombre-hombre que se refunde en el mundo de las cosas y en cuyo
escenario periclita el sentido de comunidad que ha sido la hacedora de la
sociedad humana. Entonces el grito de Holloway cobra sentido. Es volver al
sentido de lo común, en los escenarios actuales, donde el mundo del trabajo sea
un valor artesanal que ponga a pensar al artesano, en cambio de un mundo de
mercancías que lo que hace es poner al obrero a repetir mecanismos, con lo cual
el hombre se empobrece mentalmente. Recuperemos el sentido de lo humano. Es el
cambio que requiere el mundo.